TESTAMENTOS DE LOS DOCE PATRIARCAS,
HIJOS DE JACOB

 

Traducido por A. Díez Macho, pero cambiado según el texto inglés

 

 

Beliar:  es una palabra que se ve muchas veces en el texto, teniendo

el significado, según el Antiguo Testamento, de sin mérito o malignidad,

y, más tarde, el significado se transformó en un nombre para el Diablo

o Satanás, la personificación y símbolo de malignidad.

 

TESTAMENTO DE RUBÉN, PRIMER HIJO  DE JACOB Y LEAH

 

Sobre los pensamientos

 

Capítulo 1

 

1 Copia del testamento de Rubén y de las recomendaciones a sus hijos, antes de morir a los ciento veinticinco años de edad.

2 Dos años después de la muerte de José, estando enfermo Rubén,

se reunieron sus hijos y nietos para visitarle.
3 Les habló así: —Hijos míos, me estoy muriendo y voy a seguir el camino de mis padres. 

4 Viendo entonces a Judá, Gad y Aser, sus hermanos, les suplicó;
—Incorporadme, hermanos, para que os descubra a vosotros, her­manos

e hijos míos, todo lo que guardo oculto en mi corazón, ya que me están fallando las fuerzas.
5 Incorporándose, los besó afectuosamente y prorrumpió en lágrimas.

Les dijo:
—Escuchad, hermanos míos; prestad oídos a Rubén, vuestro padre,

y a lo que os ordeno.

6 Os conjuro hoy por el Dios del cielo: no os dejéis llevar por la ignorancia juvenil ni por la lujuria. Por ella me dejé arrastrar yo y profané el lecho

de mi padre Jacob.

7 Os aseguro que (Dios) me infligió un gran castigo en mis flancos durante siete meses, y si mi padre Jacob no hubiera rogado por mí al Señor. . . ¡porque él quería aniqui­larme gustoso!

8 Tenía entonces treinta años cuando hice el mal ante el Señor, y estuve enfermo de muerte durante siete meses.

9 Luego, por propia decisión, hice penitencia ante el Señor durante siete años.

10  No bebí vino ni licor; la carne no entró a mi boca ni gusté ningún alimento apetitoso mientras guardaba duelo por mi pecado, ¡tan grande era él! ¡Que nunca se cometa tal cosa en Israel!

Capítulo 2

 

1 Escuchad ahora, hijos míos, lo que vi sobre los siete engañosos espíritus cuando me arrepentí.

2 Siete espíritus ha dispuesto Beliar contra el hombre; ellos son los causantes de las acciones de la juventud.

3 Otros siete ha dado Dios al hombre desde la creación, para que por ellos puedan realizarse las obras humanas.

4 El primero, el espíritu de vida, gracias al cual se constituye el conjunto humano; segundo, el sentido de la visión, gracias a la cual se genera

el deseo;

5 tercero, el sentido del oído, por el que se transmite la enseñanza; cuarto, el sentido del olfato, gracias al cual existe la sensibilidad para atraer el aire y el aliento;

6 quinto, el poder del habla, por el que se genera el conocimiento;

7 sexto, el sentido del gusto, gracias al cual tiene lugar la in­gestión

de alimentos y bebidas, [y por ellos se crea la fuerza, pues en los alimentos reside su fundamento];

8 séptimo, el poder de la procreación y la cópula, por el cual se introduce

el pecado a través del ansia de placer.

9 Por esta razón es éste el último espíritu de la creación y el primero

de la juventud, porque está llena de estupidez y conduce al joven, como

un ciego, hacia la fosa o, como una bestia de carga, hacia el precipicio.

Capítulo 3

 

1 Además de todos éstos existe un octavo espíritu, el del sueño, gracias

al cual fueron creados el éxtasis de la naturaleza y la imagen de la muerte.

2 A estos espíritus se mezcla el del error.

3 El primero, el espí­ritu de la fornicación, tiene su asiento en la naturaleza

y en los sentidos; el segundo, el espíritu de la insaciabilidad, en el vientre;

4 el tercero, el espíritu de la guerra, en el hígado y la bilis; el cuarto,

el espíritu del agrado y del encanto, para parecer hermosos por medio

de lo inútil;

5 el quinto, el espíritu del orgullo, para jactarse y vanagloriarse; el sexto,

el espíritu del engaño, de perdición y envidia, para fingir palabras y

hacer­las pasar desapercibidas ante parientes y vecinos;

6 el séptimo, el espíritu de injusticia, gracias al cual se producen los robos

y atracos, para ejecutar los deseos del propio corazón.  La injusticia,

en efecto, colabora con los otros espíritus gracias al cohecho.

7 [A ellos se añade el espíritu del sue­ño, el octavo, unido a engaños

y fantasías.]

8 De este modo se corrompen los jóvenes, entenebreciendo su mente lejos de la verdad, no sintiendo según la ley de Dios ni obedeciendo a las amonestaciones de sus padres, tal como me ocurrió a mí en mi juventud.
9 Mas ahora, hijos míos, amad la verdad, y ella os guardará.

Ésta es mi enseñanza, escuchad a Rubén vuestro padre.

10 No concedáis importancia al aspecto exterior de la mujer;

no permanezcáis solos con mujer casada ni perdáis el tiempo en asuntos de mujeres.

11 Si yo no hubiera visto a Bala bañándose en un lugar apartado,

no habría caído en tan gran impiedad.

12 Desde que mi mente concibió la desnudez femenina, no me permitió conciliar el sueño

hasta que cometí la abominación.

13 Mientras mi padre Jacob estaba ausente en casa de Isaac, su padre,

y nosotros, en Gader, cerca de Efratá, en la región de Belén, Bala, ebria, yacía durmien­do desnuda en la alcoba.

14 Yo entré, vi su desnudez, cometí la impiedad y, dejándola dormida,

salí fuera.

15 Inmediatamente un ángel del Señor reveló a mi padre Jacob mi impiedad. Volviendo a casa, comenzó a llorar mi pecado y no la tocó más.

Capítulo 4

 

1 No prestéis atención a la hermosura de las mujeres ni os deten­gáis

a pensar en sus cosas. Caminad, por el contrario, con sencillez de corazón, con temor del Señor, ocupados en trabajos, dando vueltas por vuestros libros y rebaños hasta que el Señor os dé la compañera que él quiera, para que no os pase como a mí.

2 Hasta la muerte de nuestro pa­dre no me atreví a mirar el rostro de Jacob o dirigir la palabra a alguno de mis hermanos por temor a sus reproches,

3 y hasta ahora mi conciencia me tortura por mi pecado.

4 Sin embargo, mi padre me consoló, ya que rogó a Dios para que

se apartara de mí su ira, como me lo indicó el Se­ñor. Desde entonces, arrepentido, me mantuve vigilante y no pequé.

5 Por ello, hijos míos, observad todo lo que os prescribo y no pecaréis jamás.

6 Ruina del alma es la lujuria; aparta de Dios y acerca a los ídolos,

engaña continuamente la mente y el juicio, y precipita a los jóvenes

en el Hades antes de tiempo.

7 A muchos ha perdido la lujuria. Aunque sea anciano o de noble cuna,

lo hace ridículo e irrisorio ante Beliar y los hu­manos.

8 José halló gracia ante el Señor y los hombres porque se guardó d

e las mujeres y mantuvo limpia su mente de toda fornicación.

9 Aunque la egipcia lo intentó muchas veces con él, convocó a los magos

y le ofreció filtros de amor, su buen juicio no admitió ningún mal deseo.

10 Por ello el Dios de mis padres le salvó de peligros de muerte ocultos

y mani­fiestos.

11 Si la lujuria no se apodera de vuestra mente, ni siquiera Beliar

os vencerá.

Capítulo 5

 

1 Perversas son las mujeres, hijos míos: como no tienen poder o fuerza sobre el hombre, lo engañan con el artificio de su belleza para arrastrarlo hacia ellos.

2 Al que no pueden seducir con su apariencia lo subyugan por el engaño.

3 Sobre ellas me habló también el ángel del Se­ñor y me enseñó que las mujeres son vencidas por el espíritu de la lujuria más que el hombre.

Contra él urden maquinaciones en su corazón, y con los adornos

lo extravían comenzando por sus mentes. Con la mirada siembran

el veneno y luego lo esclavizan con la acción.

4 Una mujer no puede vencer por la fuerza a un hombre,

sino que lo engaña con artes de meretriz.

5 Huid, pues, de la fornicación, hijos míos, y ordenad a vues­tras mujeres

e hijas que no adornen sus cabezas y rostros, porque a toda mujer que usa de engaños de esta índole le está reservado un castigo eterno.

6 De este modo sedujeron a los Vigilantes antes del diluvio. Como las estaban viendo tan continuamente, se encendieron en deseos por ellas

y concibieron el acto ya en sus mentes.

Se metamorfosearon en hombres y se aparecieron a ellas cuando estaban con sus maridos.

7 Las mujeres sintieron interiormente atracción hacia tales imágenes

y engendraron gigantes.

Los Vigilantes, en efecto, se les aparecieron con un tamaño que llegaba hasta el cielo.

Capítulo 6

 

1 Guardaos de la fornicación y, si deseáis mantener limpia vuestra mente, guardad vuestros sentidos apartándolos de las mujeres.

2 Ordenadles igualmente que no frecuenten la compañía de los hombres para mantener también su mente pura.

3 Los abundantes encuentros aunque en ellos no se cometan impiedades, son para las mujeres una enfermedad incurable y para nosotros mancilla perpetua ante Beliar.

4 La lujuria no posee ni sabiduría ni piedad y la envidia habita en su deseo.
5 Por ello envidiaréis a los hijos de Leví e intentaréis elevaros por encima de ellos, pero no podréis.

6 Dios se ocupará de su venganza y mo­riréis malamente.

7 A Leví y a Judá dio el Señor el mando, y con ellos también a mí, a Dan

y a José, para que seamos los jefes.

8 Por ello os ordeno que prestéis oídos a Leví, porque él conoce la ley del Señor. Él formulará las instrucciones precisas para los juicios y sacrificios por todo Israel hasta la consumación de los tiempos, pues él es el sumo sacerdote ungido de que habló el Señor.

9 Os conjuro por el Dios del cielo que cada uno diga la verdad a su prójimo y tenga amor a su hermano.

10 Acercaos a Leví con humildad de corazón, para que recibáis

la bendición de sus labios.

11 Él bendecirá a Israel y a Judá, porque el Señor ha decidido reinar por

él sobre todos los pueblos.

12 Inclinaos ante su descendencia, por­que morirá por vosotros en batallas visibles e invisibles y será vuestro rey para siempre.

Capítulo 7

 

1 Murió Rubén tras haber formulado estas recomendaciones a sus hijos.

2 Lo colocaron en una urna hasta que, sacándolo de Egipto, lo en­terraron en Hebrón, en la cueva doble, donde descansaban sus padres.

TESTAMENTO DE SIMEÓN, SEGUNDO HIJO DE JACOB Y LEAH

 

Sobre la envidia

 

Capítulo 1

 

1 Copia de las palabras de Simeón, tal como habló a sus hijos antes

de morir, tras cumplir ciento veinte años, época en la que murió José.

2 Sus hijos fueron a visitarle durante su enfermedad. Haciendo acopio

de fuerzas, se incorporó, los besó y les habló así:

Capítulo 2

 

1 Escuchad, hijos, a Simeón vuestro padre, oíd cuanto encierra mi corazón.
2 Yo fui el segundo hijo de Jacob; mi madre, Lía, me llamó Simeón porque el Señor escuchó su plegaria.
3 Me crié fuerte en extremo, no me retraje ante ninguna acción,
ni sentí temor ante ningún trabajo.
4 Mi corazón era duro, mi pecho indomable y mis entrañas sin piedad.
[
5 Porque el Altísimo otorga la valentía tanto a las almas como

a los cuerpos de los hombres.]

6 Por aquel entonces tenía yo celos de José porque nuestro padre

lo amaba,

7 y mi cólera se afianzaba en la idea de aniquilarlo. El príncipe del error, enviándome el espíritu de la envidia, había obcecado mi mente, dispuesta a no considerarle como hermano ni a tener piedad de Jacob, mi padre.

8 Pero su Dios y de sus padres envió a su ángel y lo salvó de mis manos.

9 Cuando yo me dirigía a Siquén, a llevar un ungüento para los rebaños,

y Rubén a Dotaín —donde se encontraba nuestro depósito de útiles

y vituallas—, Judá mi hermano vendió a José a los ismaelitas.

10 Llegó Rubén y se entristeció, pues pretendía salvarlo para conducirlo

a su padre.

11 Yo, en cambio, me irrité contra Judá por haberle dejado vivo y pasé cinco meses enfadado con él por este motivo.

12 Pero el Señor me frenó y me impidió el uso de mis manos: mi diestra estuvo casi seca durante siete días.

13 Supe entonces, hijos míos, que me había ocurrido esto por José. Arrepentido, prorrumpí en lágrimas y rogué al Señor que me restituyera

mi mano y me viera libre de toda impureza, envidia e insensatez.

14 Supe, pues, que por envidia había intentado co­meter una mala acción

a los ojos del Señor y de mi padre, Jacob, contra José, mi hermano.


Capítulo 3

 

1 Hijos míos, guardaos de los espíritus del error y de la envidia.

2 Ésta se adueña del pensamiento entero de los hombres y no les permite comer, beber ni practicar obra buena.

3 La envidia sugiere en todo mo­mento la destrucción del objeto envidiado. Éste florece por doquier, pero el envidioso se marchita.

4 Durante dos años afligí mi alma con ayu­nos por temor al Señor: comprendí que la liberación de la envidia sólo se procura por el temor

de Dios.

5 Si alguien se refugia en el Señor, huye de él el mal espíritu y su mente

se torna más ágil.

6 Desde ese momento simpatiza con el envidiado, no condena a los que

no le quieren bien y se ve así libre de la envidia.

Capítulo 4

 

1 Mí padre preguntaba continuamente por mí, porque me veía con un rostro entristecido, a lo que yo respondía:
—Me duele el hígado.
2 Yo tenía más pena que nadie porque era el causante de la venta

de José.

3 Cuando bajamos a Egipto y él me mandó prender como espía, pensé que sufría justamente y no me apesadumbré.

4 Pero José era hom­bre bueno y tenía el espíritu de Dios consigo.

Era compasivo y miseri­cordioso, por lo que no me guardaba rencor,

sino que me mostró su afecto como al resto de mis hermanos.

5 Guardaos, pues, hijos míos, de toda clase de celos y envidias. Caminad con sencillez de espíritu,

para que Dios derrame sobre vuestras cabezas gracia, gloria y bendición, como habéis visto en José.

6 Nunca en su vida nos reprochó esta acción, sino que nos amó como

a sí mismo, nos honró más que a sus propios hijos y nos concedió riquezas, rebaños y frutos de la tierra.

7 Hijos míos queri­dísimos, amad cada uno a vuestro hermano con corazón bondadoso y apartad de vosotros al espíritu de la envidia.

8 Éste hace al alma salvaje, destroza el cuerpo, infunde en la mente ira

y ardor guerrero, la exacerba hasta derramar sangre, pone al pensamiento fuera de sí y no permite que la sabiduría actúe en los hombres.

Ahuyenta el sueño, agita al alma y hace temblar al cuerpo.

9 Incluso durante el sueño, cierto deseo del mal le corroe con sus fantasías, perturba el alma con malos espíritus y estremece al cuerpo.

El alma se despierta del sueño agitada y aparece así ante los hombres como poseedora de un espíritu malvado y ponzoñoso.

Capítulo 5

 

1 Como no habitaba en él ningún mal, era José de hermosa figura y bello de aspecto, pues el rostro traiciona la inquietud del espíritu.
2 Hijos míos, haced virtuosos vuestros corazones ante el Señor,
enderezad vuestros caminos ante los seres humanos
y hallareis gracia ante Dios y los hombres.
3 Guardaos de la fornicación, pues es ella la madre de todos los males,

aparta de Dios y acerca a Beliar.
4 He leído en el Libro de Henoc que vosotros y vuestros hijos pereceréis por la fornicación y que ellos intentarán hacer el mal a Leví con la espada.

5 Pero no podrán nada contra él, pues peleará la batalla de Dios y vencerá a todos vuestros ejércitos.

6 Subsistirán sólo unos pocos divi­didos entre Leví y Judá, y ninguno

de vosotros logrará el mando, como lo profetizó mi padre Jacob

en sus bendiciones.

Capítulo 6

 

1 Ved que os lo he anunciado todo de antemano para quedar exo­nerado de vuestros pecados.
2 Pero si erradicáis de vosotros la envidia y la dureza de corazón,
florecerán como una rosa mis huesos en Israel,
y mi carne como un lirio en Jacob; mi aroma será como el del Líbano;

y los santos que de mí salgan se multiplicarán para siempre como cedros,

y sus ramas se extenderán a gran distancia.
3 Entonces perecerá el linaje de Canaán, y a Amalec no le quedará ningún resto; perecerán todos los capadocios,
y todos los heteos serán aniquilados.
4 Desfallecerá la tierra de Cam, y todo ese pueblo perecerá.
Entonces descansará la tierra de turbación, y de guerra todo lo que hay bajo el cielo.
5 Entonces Sem será cubierto de gloria, porque el Señor Dios,

el grande de Israel, aparecerá sobre la tierra [como un hombre]
salvando por sí mismo a Adán.
6 Todos los espíritus del error serán pisoteados,
y los seres humanos reinarán sobre los malos espíritus.
7 Entonces resucitaré con alegría y alabaré al Altísimo por sus maravillas, [porque Dios, tomando un cuerpo humano y comiendo con los hombres,

los ha salvado].

Capítulo 7

 

1 Ahora, hijos míos, obedeced a Leví y a Judá. No os levantéis contra estas dos tribus, porque de ellas surgirá la salvación de Dios.

2 Porque el Señor suscitará de Leví como un sumo sacerdote, y de Judá un rey, [Dios y hombre]. Éste salvará [a todas las naciones y] al pueblo

de Israel.

3 Por ello os prescribo todas estas cosas, para que vosotros las transmitáis a vuestros hijos a fin de que las guarden por siempre.

Capítulo 8

 

1 Acabó Simeón de impartir estas recomendaciones a sus hijos y se durmió con sus padres a la edad de ciento veinte años.

2 Sus hijos lo de­positaron en un ataúd de madera incorruptible para transportar luego sus huesos a Hebrón y, durante la guerra de Egipto,

los llevaron allí oculta­mente.

3 Pero los egipcios custodiaban los huesos de José en las cámaras

de los reyes,

4 pues los magos les habían dicho que, cuando salieran sus huesos, habría en Egipto oscuridad y tinieblas —un gran castigo para los egipcios—, tanto que ni aun con una antorcha podría cada uno reconocer a su hermano.

Capítulo 9

 

1 Los hijos de Simeón lloraron a su padre conforme a las leyes del duelo

y permanecieron en Egipto hasta el día de su salida por mano de Moisés.

 

 

TESTAMENTO DE LEVÍ, TERCER HIJO DE JACOB Y LEAH

 

Sobre el sacerdocio y el orgullo

 

Capítulo 1

 

1 Copia de las palabras de Leví, de cuanto ordenó a sus hijos de todo

lo que habían de hacer

y cuanto les acontecería hasta el día del juicio.

2 Gozaba aún de buena salud cuando los convocó a su presencia,

pues le había sido revelado que iba a morir. Cuando se congregaron

les habló así:

Capítulo 2

 

1 Yo, Leví, fui concebido en Hanán y nací allí mismo; después vine con

mi padre a Siquén.

2 Era joven, como de unos veinte años, cuando Simeón y yo tomamos venganza de Emmor por nuestra hermana Dina.

3 Cuando pastoreábamos nuestros rebaños en Abelmaul, vino sobre

mí el espíritu de la sabiduría del Señor y contemplé cómo todos los hombres habían corrompido su camino y cómo la maldad se había construido

(en­tre ellos) sus baluartes y la impiedad tenía su asiento en sus torres.

4 Sentí tristeza por el género humano y rogué al Señor (que me indicara) cómo podría salvarme.

5 Cayó entonces sobre mí un sueño y contemplé una montaña elevada. [Era ésta el Monte del Escudo en Abelmaul].

6 Se abrieron entonces los cielos, y un ángel de Dios me dijo:
Leví, entra.
7 Subí desde el primer cielo al segundo y vi una masa de agua colgante entre éste y aquél.

8 Vi luego el tercer cielo, mucho más iluminado y brillante que los otros dos, pues había en él una luz ilimitada.

9 Pre­gunté al ángel. ¿Por qué es esto así?
Me respondió:
No te admires de ello: cuando hayas subido más, verás otros cua­tro cielos más brillantes y puros (que éstos).
10 Estarás cerca del Señor, serás su servidor, anunciarás sus misterios

a los hombres y proclamarás la redención futura de Israel.
[
11 A través de ti y de Judá aparecerá el Señor entre los hombres,

sal­vando a todo el género humano.]
12 Tu subsistencia provendrá de la porción del Señor; él será para

ti campo, viña, frutos, oro y plata.

Capítulo 3

 

1 Oye ahora (lo que voy a decirte) sobre los siete cielos. El más bajo

es el más triste, ya que contempla todas las injusticias de los hom­bres.

2 Y contiene fuego, nieve y hielo, preparados para el día en que el Señor dé la orden, en el curso del justo juicio de Dios. En él se hallan todos los espíritus que conducen a los impíos a su castigo.

3 En el segundo se encuentran las fuerzas de los ejércitos, dispuestas en el día del juicio a tomar venganza de los espíritus del error y de Beliar. Los que están sobre éstos, son santos.

4 En el más alto de todos habita la Gran Gloria, en el Santo de los Santos superior a toda Santi­dad.

5 En el cielo debajo de esto se hallan los arcángeles de la presencia del Señor, sus servidores, que interceden ante el Señor por todos los pecados de los justos cometidos inadvertidamente.

6 Ofrecen al Señor un sacrificio de suave olor, una ofrenda razonable y sin sangre.

7 En el cielo siguiente,  se encuentran los ángeles que llevan las respuestas a sus compañeros de la presencia de Dios.

8 En el siguiente se hallan los tronos y dominacio­nes, y se entonan himnos a Dios continuamente,

9 pues cuando el Señor dirige su mirada hacia nosotros, todos nos conmocionamos. También los cielos, la tierra y los abismos tiemblan en presencia de su grandeza.

10 En cambio, los hijos de los hombres insensibles a todo esto no perciben esa realidad, pecan e irritan al Altísimo.

Capítulo 4

 

1 Sábete, pues, que el Señor juzgará a los humanos porque,
aunque se hiendan las piedras, se torne el sol en tinieblas,
se sequen las aguas, se enfríe el fuego, se turbe toda la creación. queden aniquilados los espíritus invisibles
[y el Hades toma despojos por las visitaciones del Altísimo],
los seres humanos, desobedientes, continuarán en su maldad.
Por ello serán castigados en el juicio.
2 El Altísimo ha oído tu plegaria para apartarte de la maldad,
para que seas su hijo, siervo y ministro ante él.
3 Tú harás brillar en Jacob la luz resplandeciente de la sabiduría,
y serás como el sol para toda la descendencia de Israel.
4 Dios te dará su bendición, a ti y a tu descendencia, hasta que el Señor visite a todas las naciones [por medio de las entrañas
de misericordia de su hijo] para siempre.
[Pero tus hijos pondrán sus manos sobre él y lo empalarán.]
5 Por esto te ha sido dada voluntad e inteligencia,
para que sobre ello puedas instruir a tus hijos,
6 porque el que Le bendiga bendito será, y los que Le maldigan perecerán.

Capítulo 5

 

1 El ángel me abrió entonces las puertas del cielo y vi el templo santo y al Altísimo sobre un trono de gloria. 2 Me dijo entonces:
—Leví, a ti te he entregado las bendiciones del sacerdocio hasta que venga yo para habitar en medio de Israel.
3 Entonces el ángel me condujo a tierra, me dio un escudo y una es­pada

y me dijo:
—Toma venganza de Siquén por lo de Dina; yo estaré contigo, por­que el Señor me ha enviado.
4 Acabé entonces con los hijos de Emmor  tal como está escrito en las tablas celestiales.

5 Le pregunté: —Por favor, señor, dime tu nombre, para que pueda invocarte en tiempos de tribulación.
6 Me respondió:
—Yo soy el ángel que intercede por el pueblo de Israel para que no acaben con él, ya que todos los espíritus malvados se lanzan contra él.
7 Luego me desperté y alabé al Altísimo con el ángel que intercede por

el pueblo de Israel y por todos los justos.

Capítulo 6

 

1 Cuando me dirigía a casa de mi padre encontré un escudo bron­cíneo.

De aquí le viene el nombre de «Escudo» a esa montaña que está cerca

de Gebal, a la derecha de Abilá.

2 Yo guardaba todas estas cosas en mi corazón.

3 Tomamos la determinación mi padre, mi hermano Rubén y yo de que éste dijera a los hijos de Emmor que se circuncidaran, pues ardía en celo sagrado a causa de la impiedad que habían cometido con Israel.

4 Maté primero a Siquén, y Simeón, a Emmor.

5 Luego vinieron mis hermanos y pasaron la ciudad a filo de espada.
6 Mi padre oyó lo ocurrido, se irritó y se entristeció, puesto que habían recibido la circuncisión para morir luego. (Por eso) procedió de otra manera en sus bendiciones.

7 Pecamos, pues obramos contra su vo­luntad. En aquel día me puse enfermo.

8 Pero yo había visto que había una sentencia condenatoria de Dios contra Siquén, ya que pretendían hacer con Sara lo mismo que con Dina, nuestra hermana. Pero el Señor se lo impidió.

9 Del mismo modo habían perseguido a Abrahán nuestro padre, cuando residía entre ellos como forastero, e hicieron daño a sus ovejas cuando estaban preñadas, y a Jeblé, el siervo nacido en casa, lo maltrataron terriblemente.

10 Así obraban con todos los extranjeros, apode­rándose por la fuerza de sus mujeres y expulsándolos del país.

11 Pero la ira de Dios cayó sobre ellos con todas sus consecuencias.

Capítulo 7

 

1 Hablé así a mi padre Jacob: el Señor aniquilará por tu mano a los cananeos y te dará su tierra, a ti y a tu descendencia.

2 Desde hoy Siquén se llamará la ciudad de los necios, porque como uno se burla de un tonto, así nos burlamos de ellos,

3 ya que habían cometido una locura con Israel: profanar a nuestra hermana.
4 Levantamos nuestras tiendas y fuimos a Betel.

Capítulo 8

 

1 Cuando pasaron setenta días tuve allí una visión como antes.

2 Vi a siete hombres, vestidos de blanco, que me decían:
Levántate; cúbrete con la vestidura sacerdotal, la corona de la justicia,

el pectoral de la sabiduría, el manto de la verdad, la diadema de la fe,

la mitra del signo y el efod de la profecía.
3 Cada uno de ellos llevaba un objeto, me lo colocaron y me dijeron:
—Desde ahora eres sacerdote del Señor, tú y tu descendencia para siempre.
4 El primero me ungió con óleo sagrado y me dio el cetro del juicio.

5 El segundo me lavó con agua pura, me alimentó con pan y vino sacra­tísimos y me cubrió con un vestido santo y glorioso.

6 El tercero me tocó con un paño de lino parecido a un efod.

7 El cuarto me ciñó con un cinturón de color semejante a la púrpura.

8 El quinto me dio una rama de fecundo olivo.

9 El sexto me rodeó la cabeza con una corona.

10 El séptimo me ciñó la diadema sacerdotal; me llenó, además, las manos de incienso para oficiar ante el Señor.
11 Me dijeron todos:
—Leví: tu descendencia será dividida en tres funciones, como signo

de la gloria del Señor que ha de venir.

12 La primera será una porción grande: más que ella no habrá ninguna.

13 La segunda será el sacerdocio.

14 La tercera recibirá un nombre nuevo, porque surgirá de Judá como rey

 [que creará un nuevo sacerdocio según el estilo de los pueblos para todas las gentes.

15 Su venida es impredecible, como propia de un profeta del Altísimo], venido de la estirpe de Abrahán, nuestro padre.

16 Todo lo apetecible que hay en Israel será para ti y tu descendencia; comerás todo lo hermoso

de aspecto, y tu descendencia se repartirá la mesa del Señor.

17 De ella saldrán sumos sacerdotes, jueces y escribas; con su boca

cus­todiarán el santuario.
18 Me desperté y comprendí que esta visión era semejante a la ante­rior.

19 Guardé todo ello en mi corazón y no se lo comuniqué a ningún ser humano sobre la tierra.

Capítulo 9

 

1 Dos días después subimos Judá y yo con nuestro padre a visitar a Isaac.

2 Mi abuelo me bendijo según lo que se me había prometido en las visiones, pero no quiso venir con nosotros a Betel.

3 Cuando llegamos allí, mi padre Jacob tuvo una visión sobre mí:

que yo sería su sacerdote ante Dios.

4 Levantándose de mañana, ofrendó al Señor por mi medio el diezmo

de todo.

5 Llegamos a Hebrón para morar allí:

6 Isaac me exhor­taba continuamente a tener siempre presente

la ley del Señor, tal como me indicó el ángel del Señor.

7 Él me enseñó también las disposiciones del sacerdocio, de los sacrificios,

holocaustos, primicias, sacrificios volun­tarios y pacíficos.

8 Me instruía cada día continuamente y andaba ocu­pado ante el Señor por mi causa.

9 Me decía: —Guárdate, hijo, del espíritu de la fornicación, pues es perseverante y va a profanar el santuario por medio de tu descendencia.

10 Toma mujer en tu juventud, irreprochable y sin mancilla, y que no proceda de estirpes extranjeras.

11 Báñate antes de entrar en el santuario, y al momento de sacrificar, lávate, y cuando de nuevo profanes la ofrenda, lávate otra vez.

12 Ofrece al Señor (la leña de) doce árboles de hoja perenne,

como me enseñó Abrahán a mí.

13 Ofrece sacrificios al Señor de todo animal y volátil puro.

14 Ofrece las primicias de todo primogénito y del vino.

Sazo­narás todos los sacrificios con sal.

Capítulo 10

 

1 Guardad, pues, hijos, todo cuanto os ordeno, porque os he comunicado lo que he oído de mis padres.

2 Inocente soy de vuestras impiedades y prevaricaciones que cometeréis

al final de los tiempos [contra el Salvador del mundo], actuando impíamente, haciendo errar a Israel y acarreándole grandes males de parte del Señor.

3 Actuaréis tan malvada­mente en Israel, que Jerusalén no podrá resistir ante vuestra maldad, [se rasgará en dos la cortina del templo con tal

de no cubrir vuestra desver­güenza],

4 seréis desperdigados como cautivos entre los gentiles y servi­réis

de oprobio, maldición y desprecio.

5 La casa que se elegirá el Señor  ha de llamarse Jerusalén, como se halla escrito en el libro de Henoc, el justo.

Capítulo 11

 

1 Tomé mujer cuando tenía veintiocho años; su nombre era Melca.

2 Concibió, parió un hijo y le puso por nombre Gersán; porque éramos

e xtranjeros en nuestra propia tierra.

3 Vi en visión sobre él que no habría

de estar entre los primeros.

4 Kaat nació cuando tenía yo treinta y cinco años,

hacia la puesta del sol.

5 Vi de él en visión que estaba en lo alto, en medio de toda la asamblea.

6 Por ello le llame Kaat [que sig­nifica comienzo de la grandeza y del avance].

7 Melca me parió un tercer hijo, Merarí, en el año cuadragésimo de mi vida.

Como su madre tuvo dificultades en el alumbramiento, le llamó Merarí,

que significa «mi amar­gura»; [él, ciertamente, murió].

8 Jokábed nació en Egipto en el año sexagésimo cuarto de mi vida, pues gozaba de renombre entonces entre mis hermanos.

Capítulo 12

 

1 Gersán tomó mujer, que le parió a Lomrí y a Semeí.

2 Los hi­jos de Kaat fueron: Ambrán, Isaar, Hebrón y Oziel.

3 Los de Merarí se llamaron Moolí y Omusí.

4 En el año nonagésimo cuarto de mi vida tomó Ambrán a Jokábed, mi hija,

como mujer (en el mismo día habían nacido él y mi hija).

5 Ocho años tenía cuando entré en tierra de Canaán; dieci­ocho cuando

maté a Siquén, diecinueve cuando fui consagrado sacerdote,

y veintiocho cuando tomé mujer; con cuarenta años entré en Egipto.

6 Vosotros sois, hijos míos, la tercera generación.

7 Cuando yo tenía ciento dieciocho años, murió José.

Capítulo 13

 

1 Hijos míos, esto os mando ahora: temed a nuestro Señor con todo

el corazón; caminad con sencillez de acuerdo con su ley.
2 Enseñad a leer a vuestros hijos, para que tengan sabiduría durante toda su vida, leyendo sin descanso la ley de Dios.
3 Porque todo aquel que conoce la ley del Señor, tendrá honra;
no será un extraño allá donde vaya.
4 Conseguirá en verdad muchos amigos, más que sus padres.
Muchos hombres anhelarán ser su servidor y escuchar la ley de sus labios.
5 Obrad la justicia, hijos míos, sobre la tierra, y la hallaréis en los cielos.
6 Sembrad el bien en vuestras almas, para que lo encontréis en vuestras vidas. Pues, si sembráis el mal, cosecharéis inquietud y tribulación.
7 Adquirid diligentemente la sabiduría con el temor de Dios.
Porque, aunque os conduzcan a la esclavitud,
destruyan las ciudades y sus tierras,
perezcan el oro, la plata y todas las riquezas,
nadie podrá arrebatar al sabio la sabiduría,
salvo la ceguera de la impiedad y la obstinación pecaminosa.
8 La sabiduría será para él luz entre los enemigos,
patria en tierra extraña y amiga en medio de los adversarios.
9 Si enseñas esto y lo pones en práctica, te sentarás en el trono con los reyes, como José nuestro hermano.

Capítulo 14

 

1 Hijos, sé por el libro de Henoc que al final pecaréis contra el Señor,

lanzando vuestras manos a toda clase de maldad.

Pero vuestros hermanos se avergonzarán de vosotros y os convertiréis

en oprobio a los ojos de los gentiles.

[2 Vuestro padre Israel estará limpio de las impie­dades de los sumos sacerdotes, quienes pondrán sus manos sobre el salva­dor del mundo].

3 El cielo es más puro que la tierra; y vosotros, las lu­minarias de Israel,

sois como el sol y la luna.

4 ¡Qué no harán los gentiles si la impiedad os convierte en tinieblas y atraéis la maldición sobre vues­tra raza... sobre la que brilla la luz de la ley,

otorgada a vosotros para iluminación de todos los mortales!

¡Ésta es la que pretendéis aniquilar enseñando mandamientos contrarios

a los preceptos de Dios!

5 Saquearéis las ofrendas del Señor, robaréis de sus porciones,

os apropiaréis de lo más selecto antes del sacrificio, devorándolo luego con prostitutas, llenos de desprecio (por la ley divina).

6 Enseñaréis por avaricia los manda­mientos del Señor, profanaréis a las mujeres casadas, mancharéis a las vírgenes de Jerusalén y os uniréis a prostitutas y adúlteras.

Tomaréis como mujeres a las hijas de los gentiles, purificándolas con una purificación  ilegal, y vuestra unión será como las de Sodoma y Gomorra, por la impiedad.

7 Os hincharéis de orgullo por vuestro sacerdocio, insolentándoos contra los hombres. Y no sólo eso, sino incluso contra los manda­mientos de Dios;

8 llenos de orgullo, os burlaréis de lo santo entre risas y desprecio.

Capítulo 15

 

1 Por todo ello, el templo que se elegirá el Señor quedará de­sierto y profanado; vosotros seréis conducidos a la esclavitud entre las naciones.

2 Seréis para ellos abominación, y el justo juicio de Dios os con­denará

a oprobio y vergüenza eternos

3 y todos los que os vean huirán de vosotros.

4 Si no fuera por Abrahán, Isaac y Jacob, nuestros antepasados,

ni uno sólo de mi descendencia quedaría sobre la tierra.

Capítulo 16

 

1 He aprendido que andaréis errantes durante setenta semanas y que mancharéis el sacerdocio y profanaréis los sacrificios.

2 Alteraréis la ley y despreciaréis las palabras de los profetas.

Por vuestra mala conducta perseguiréis a los justos y odiaréis a los piadosos, abominando las palabras de quienes profieren la verdad.

3 [Al hombre que renovará la ley por la potencia del Altísimo lo tacharéis de impostor y al final —tal como lo pensasteis— lo mataréis sin llegar a conocer su dignidad, permitiendo, por vuestra maldad, que se derrame sangre ino­cente sobre vuestras cabezas].

4 Por su causa quedará desierto vuestro santuario, impuro hasta el suelo.

5 No habrá lugar vuestro que sea puro. Diseminados entre los gentiles,

seréis para ellos una maldición hasta que él os visite de nuevo y, lleno de compasión, os reciba [en la fe y en el agua].

Capítulo 17   

 

1 Ya que habéis oído lo de las setenta semanas, escuchad ahora lo del sacerdocio.

2 En cada jubileo habrá un sacerdocio. En el primero, el primer ungido para el sacerdocio será grande y hablará con Dios como con un padre,

y su sacerdocio será perfecto con el Señor.

[Y en el día de su alegría resucitará para salvación del mundo.]

3 En el segundo jubi­leo, el ungido será presa del dolor por los amados,

pero su sacerdocio será honorable, y todos le honrarán.

4 El tercer sacerdote será recibido con tristeza.

5 El cuarto vivirá entre dolores, porque la maldad se amon­tonará sin límites contra él, pues todos los habitantes de Israel odiarán a su prójimo.

6 El quinto será recibido en momento de tinieblas;

7 de igual modo, el sexto y el séptimo.

8 Durante su época habrá tal profana­ción, que no puedo hablar de ella ante

Dios ni ante los hombres: ellos, que la cometen, lo sabrán.

9 Por esto se verán sometidos a la esclavitud y al pillaje; su tierra

y su hacienda desaparecerán.

10 Pero en la quinta semana volverán a su tierra desolada y reedificarán

la casa del Señor.

11 En el séptimo vendrán sacerdotes idólatras, pendencieros, codiciosos, soberbios, impíos, licenciosos y corrompedores de muchachos y animales.


Capítulo 18

 

1 Después que el Señor haya tomado venganza de ellos se inte­rrumpirá

el sacerdocio.
2 Entonces suscitará el Señor un sacerdote nuevo,
a quien serán reveladas todas las palabras del Señor.
Él juzgará rectamente en la tierra durante muchos días.
[
3 Su estrella se levantará en el cielo como un rey, brillando como luz del conocimiento al igual que el sol durante el día, y será ensalzado

en el mundo hasta su recepción.]
4 Brillará como el sol en la tierra, eliminará todas las tinieblas bajo el cielo,

y habrá paz en todo el mundo.
5 Los cielos se regocijarán en sus días, y la tierra se alegrará.
Las nubes exultarán; el conocimiento del Señor se verterá sobre la tierra como agua de los mares; y los ángeles de la gloria [de la faz del Señor] se alegrarán en él.
[
6 Los cielos se abrirán] y desde el templo glorioso bajará sobre él la santificación con la voz del Padre, como la de Abrahán a Isaac.
7 Le será concedida la gloria del Altísimo, y el espíritu de sabiduría

y santidad reposará sobre él [en agua].
8 Él transmitirá a sus verdaderos hijos la grandeza del Señor por siempre,

y no tendrá otro sucesor de generación en generación eternamente.
9 Durante su sacerdocio, los pueblos gentiles de la tierra abundarán

en conocimiento y se verán iluminados por la gracia del Señor.  [Pero Israel disminuirá por la ignorancia y se llenará de tinieblas en su duelo.]  Durante su sacerdocio se eliminará el pecado, y los impíos cesarán de obrar el mal.
[Pero los justos encontrarán descanso en él.]
10 Él abrirá ciertamente las puertas del paraíso y apartará de Adán la espada amenazante.
11 A los santos dará a comer del árbol de la vida, y el espíritu de la santificación estará sobre ellos.
12 Él atará a Beliar y dará poder a sus hijos para pisotear a los malos espíritus.
13 El Señor se regocijará en sus hijos
y pondrá sus complacencias en sus amados para siempre.
14 Entonces exultarán Abrahán, Isaac y Jacob. Yo me alegraré también

y todos los santos se revestirán de alegría.

Capítulo 19

 

1 Ahora, hijos míos, escuchad esto: escoged vosotros mismos entre

la oscuridad y la luz;

 

entre la ley del Señor y las obras de Beliar.
2 Respondimos todos a nuestro padre:
—Caminaremos delante del Señor, según su ley.
3 Añadió nuestro padre:
—Testigos son el Señor y sus ángeles; testigo yo y todos vosotros de las palabras de mi boca.
Respondimos:
—Testigos somos.
4 Y así acabó nuestro padre de dar órdenes y recomendaciones a sus hijos; extendió sus

pies y se unió a sus padres tras haber vivido ciento treinta y siete años.

5 Le colocaron

en un ataúd, y posteriormente lo en­terraron en Hebrón al lado de Abrahán, Isaac y Jacob.

 

 

TESTAMENTO DE JUDÁ, CUARTO HIJO DE JACOB Y LEAH

 

Sobre la valentía, la avaricia y la fornicación

 

Capítulo 1

 

1 Copia de las palabras de Judá dirigidas a sus hijos antes de su muerte.

2 Se congregaron todos y fueron a verle. Entonces les dijo:
3—Yo fui el cuarto hijo de mi padre. Mi madre me llamó Judá, pues

a sí misma se decía:

«Doy gracias al Señor porque me ha dado un cuarto hijo».

4 Yo era rápido y diligente en mi juventud y obedecía a mi padre en todo,

 5 respetando a mi madre y a su hermana.

6  Cuando me hice hom­bre, mi padre me bendijo así:

«Serás rey y tendrás éxito en todas tus cosas».

Capítulo 2

 

1 El Señor me concedió gracia en todas mis obras, en el campo

y en la casa.

2 Cuando me di cuenta de que podía competir con las ciervas en velocidad, cacé una y la preparé como comida para mi padre.

3 Vencía a las gacelas en la carrera y apresaba todo lo que había

en la llanura. Me apoderé de una yegua salvaje y la domé.

4 Maté a un león y arranqué a un cabrito de su boca. Arrastrando a un oso por las patas, lo lancé por un precipicio. A cualquier animal salvaje que

se me enfrentaba lo desgarraba como si fuera un perro.

5 Competí con un jabalí, le gané a la carrera y lo destrocé.

6 En Hebrón, un leopardo cayó sobre un perro; lo agarré por la cola,

lo lancé como si fuera un venablo y se reventó en dos.

7 A un toro salvaje que pastaba en la región lo agarré por los cuernos,

le di vueltas en círculo, lo cegué y lo aniquilé derribándolo en tierra.

Capítulo 3

 

1 Cuando avanzaron contra mis rebaños los dos reyes de los cananeos,

cubiertos con corazas y con mucha gente a su alrededor, corrí en solitario contra el rey Asur, lo agarré, le golpeé en sus grebas, lo tiré al suelo

y acabé así con él.

2 También eliminé al otro rey, Tafué, que se mantenía a lomos de su caballo; así dispersé a todo el ejército.

3 Contra el rey Acor, un gigante que lanzaba sus dardos a caballo por delante y por detrás, levanté una piedra de sesenta libras, la lancé,

golpeé a su caballo y lo maté.

4 Luché luego contra Acor durante dos horas y lo maté también:

dividí en dos partes su escudo y le corté los pies.

5 Cuando es­taba despojándole de su coraza, ocho compañeros suyos

se dispusieron a luchar contra mí.

6 Enrollé mi capa en mi brazo, lancé contra ellos piedras con mi honda; maté a cuatro, y el resto huyó.

7 Jacob, mi padre, acabó con Beelisa, el jefe de todos los reyes, un gigante forzudo de doce codos de estatura.

8 Les invadió el terror y dejaron de hacernos la guerra.

9 Por esta razón no se angustiaba mi padre con las guerras,

ya que yo estaba entre mis hermanos;

10 pues había tenido una visión sobre mí: que un ángel poderoso me seguía en todas mis acciones, de modo que no podía ser vencido.

Capítulo 4

 

1 En el sur tuvimos una guerra más encarnizada que en Siquén.

Me dispuse en orden de batalla con mis hermanos, perseguí a mil hom­bres

y maté a doscientos de ellos y a cuatro reyes.

2 Me lancé contra ellos sobre la muralla y abatí a cuatro hombres poderosos.

3 Así capturamos Hazor y tomamos todos los despojos.

Capítulo 5

 

1 Al día siguiente nos fuimos a Areta, ciudad fuerte, amurallada

e inaccesible, que nos amenazaba de muerte.

2 Gad y yo nos acercamos a la ciudad por el este, y Rubén y Leví,

por el occidente y el sur.

3 Los de la muralla pensaron que estábamos solos y se lanzaron hacia abajo contra nosotros.

4 Entonces, secretamente, mis hermanos escalaron la mu­ralla ayudándose de clavijas y entraron a la ciudad sin que los enemigos se enteraran.

5 Tomamos la ciudad a punta de espada. Otros habían huido a la torre, pero le prendimos fuego y así nos apoderamos de todo.

6 Cuando nos retirábamos, los hombres de Tafué cayeron sobre nuestro botín de prisioneros. Se lo dejamos a nuestros hijos y luchamos contra ellos hasta Tafué misma.

7 Los matamos, incendiamos su ciudad y pillamos to­do lo que en ella había.

 

Capítulo 6

 

1 Cuando estábamos cerca de las aguas de Cozebá, los hombres de Jobel vinieron contra nosotros en son de guerra.

2 Peleamos contra ellos y matamos a sus aliados, los de Silón, sin darles

la oportunidad de salir contra nosotros.

3 Los de Maquir se nos enfrentaron al quinto día para apoderarse

de nuestro botín. Nos lanzamos contra ellos y los vencimos en una ruda batalla, puesto que había entre ellos gran cantidad de va­lientes.

Los matamos antes de que completáramos la subida.

4 Cuando nos acercamos a su ciudad, sus mujeres hacían rodar piedras contra nosotros desde lo alto del monte en que estaba emplazada la villa.

5 Ocultándonos Simeón y yo por detrás, nos apoderamos de las alturas

y aniqui­lamos toda la ciudad.

Capítulo 7

 

1 al día siguiente nos comunicaron que el rey de la ciudad de Gaas venía contra nosotros con una muchedumbre fuertemente armada.

2 Dan y yo, fingiéndonos amorreos, entramos como aliados en su ciudad.

3 En medio de la oscuridad nocturna vinieron nuestros hermanos,

les abrimos as puertas y los aniquilamos a ellos y a sus propiedades.

Nos repartimos todas sus riquezas y abatimos sus tres murallas.

4 Nos acercamos a Tamná, donde se habían concentrado

en su huida las huestes de los reyes ene­migos.

5 Me insultaron y me irrité. Me lancé hacia la cima contra ellos, mientras me arrojaban flechas y piedras con sus hondas.

6 Si Dan, mi hermano, no hubiera luchado conmigo, habrían podido matarme.

7 Pero nos lanzamos contra ellos con gran ira, y huyeron todos. Yendo por otro camino, suplicaron a mi padre, quien firmó con ellos la paz.

8 No les hicimos ningún daño, sino que concluimos un tratado

y les devolvimos todo nuestro botín.

9 Yo edifiqué Tamná, y mi padre, Rambael.

10 Tenía yo veinte años cuando tuvo lugar esta guerra.

11 Los cananeos nos tenían miedo, a mí y a mis hermanos.

Capítulo 8

 

1 Poseía yo muchos rebaños y, como mayoral, a Irán el odolamita.

2 Cuando yo me dirigía hacia él, vi a Barsán, rey de Odolán,

que preparó para nosotros un banquete. Me exhortó a que aceptara

a su hija Besué como mujer.

3 Ella me parió a Er, Onán y Selón. A dos de ellos los hizo morir el Señor sin hijos. Pero Selón vivió, y vosotros sois sus hijos.

Capítulo 9

 

1 Durante dieciocho años, desde que llegamos de Mesopotamia de casa de Labán, mantuvimos la paz, mi padre y nosotros, con Esaú, su hermano, e igualmente con los hijos de éste.

2 Cuando pasaron estos años, teniendo yo cuarenta, vino contra nosotros Esaú, el hermano de mi padre, con multitud de gentes valerosas

y fuertemente armados.

3 Esaú cayó bajo el arco de Jacob, fue llevado (casi) muerto al monte Seír y murió cuando se dirigía a Eirramna.

4 Nosotros perseguimos a los hijos de Esaú.

Tenían éstos una ciudad con muros de hierro y puertas de bronce.

No pudimos entrar en ella, sino que asentamos nuestro campamento

y los sometimos a asedio. 

5 Como no abrían las puertas después de veinte días, ante sus mismos ojos acerqué una escalera y puse el escudo sobre mi cabeza. Subí entonces, recibiendo una lluvia de piedras de hasta tres talentos de peso. Pero subí y maté a cuatro de los más aguerridos entre ellos.

6 Al día siguiente ascendieron Rubén y Gad y mataron a otros seis.

7 Entonces nos pidieron la paz. Nos avenimos al consejo

de nuestro padre y los aceptamos como tributarios.

8 Nos proporcionaban doscientas medi­das de trigo, quinientas de aceite

y quinientas de vino hasta que ba­jamos a Egipto.

Capítulo 10

 

1 Después de estos acontecimientos, mi hijo Er trajo a Tamar, hija de Arán,

desde Mesopotamia y la tomó como mujer.

2 Pero Er era malvado y tenía dudas

de Tamar porque no era de la tierra de Canaán. Un ángel del Señor lo mató durante la noche del tercer día.

3 Él no llegó a conocerla, siguiendo las malas artes de su madre,

pues no quería tener hijos de ella.

4 En los días mismos de la fiesta de bodas se la di por esposa a Onán.

Pero éste, por su maldad, no la conoció, aunque vivió con ella un año.

5 Cuando lo amenacé, se acostó ciertamente con ella, pero dejaba perecer

su esperma sobre la tierra, según la orden de su madre.

También él murió por su maldad.

6 Quise luego dársela por esposa a Selón, pero mi mujer Besué no lo permitió. Quería mal a Tamar porque no era de las hijas de Canaán, como ella.

Capítulo 11

 

1 Yo sabía que era malo el linaje de Canaán, pero el impulso de la juventud cegó mi corazón.

2 La vi cuando escanciaba vino; la embria­guez me sedujo y caí a sus pies.

3 Ella, estando yo ausente, se fue y tomó para Selón mujer entre

las hijas de Canaán.

4 Cuando supo lo que había hecho, la maldije en medio del dolor

de mi alma.

 5 Ciertamente, ella murió también por la maldad de sus hijos.

Capítulo 12

 

1 Tras estos hechos, dos años después, siendo ya viuda, oyó Tamar que yo subía a esquilar las ovejas. Se engalanó de novia y se sentó delante

de la puerta, en la ciudad de Enán,

2 pues existe la costumbre entre los amorreos de que la prometida

en matrimonio se siente como ramera durante siete días a la puerta

de la ciudad.

3 Yo me había embria­gado y no la conocí por los efectos del vino.

Su belleza me sedujo gracias a la forma de sus adornos.

4 Me incliné ante ella y le dije:
—Voy a tu casa.
Me respondió:
—¿Qué me das?
Yo le entregué mi bastón, mi cinturón y la diadema real. Me uní a ella,

y quedó encinta.

5 Sin saber lo que ella había hecho, quise matarla. Pero ella me envió secretamente las prendas y me hizo avergonzarme.

6 La llamé y escuché las palabras secretas que, durmiendo con ella, había pronunciado en mi embriaguez. No pude matarla porque la cosa venía de Dios.

 7 Yo me decía: ¿acaso ha actuado con engaño tras recibir de otra las prendas?

8  Pero no me acerqué a ella hasta los días de mi muerte, ya que había cometido esta impiedad en todo Israel.

9  Los vecinos de la ciudad decían, además, que en la puerta no había ninguna prostituta; que había venido de otra región y que se había sentado allí durante poco tiempo.

10  Pensé que nadie se había enterado de que yo había ido a su casa.

11  Después de estos sucesos fuimos a Egipto, junto a José, a causa del hambre.

12  Cuarenta y seis años tenía entonces, y viví allí setenta y tres.

Capítulo 13

 

1 Hijos míos, oíd lo que os ordena vuestro padre; guardad todas mis palabras, para que cumpláis los preceptos del Señor y obedezcáis los mandamientos del Señor Dios.

2 No caminéis tras vuestros deseos ni según los pensamientos de vuestras mentes con el orgullo de vuestros corazones. No os vanagloriéis con la fortaleza

de vuestra juventud, por­que también eso es malo ante los ojos del Señor.

3 Yo me había gloriado de que, durante mis guerras, no me había engañado ningún rostro de mujer hermosa y había colmado de oprobios

a Rubén, a causa de Bala, la mujer de mi padre. Pero los espíritus

de la envidia y la fornicación se dispusieron

contra mí hasta que caí ante Besué, la cananea, y ante Tamar,

la esposa de mis hijos.

4 Decía yo a mi suegro: «Deliberaré con mi padre y así aceptaré a tu hija».

Pero él no quiso y me mostró una cantidad inmensa de oro a disposición

de su hija, ya que era rey.

5 La adornó con oro y perlas e hizo que ella, luciendo toda su belleza,

nos escanciara en el banquete.

6 El vino desvarió mis ojos, y el placer cegó mi corazón.

7 Ena­morado de ella, caí y transgredí el mandamiento del Señor y de mis pa­dres tomándola como mujer.

8 Pero el Señor me pagó de acuerdo con los designios de mi corazón,

puesto que no sentí alegría con sus hijos.

Capítulo 14

 

1 Hijos míos, no os embriaguéis de vino, porque éste aparta la mente

de la verdad, la impulsa al ímpetu del deseo y conduce los ojos hacia

la perdición.

2 Pues el espíritu de la fornicación utiliza al vino como servidor para proporcionar placer a los sentidos; ambos roban también la fuerza

del hombre.

3 Si alguno bebe vino hasta embriagarse, éste excita su mente hacia

la fornicación por medio de sucios pensamientos y caldea su cuerpo para la unión carnal, y si se halla presente la causa del deseo, comete el pecado sin el menor pudor.

4 Así es el vino, hijos míos, porque el borracho no se avergüenza ante nadie.

5 A mí, pues, me extravió tam­bién él para que no sintiera vergüenza ante

la muchedumbre de los ciu­dadanos: a los ojos de todos me incliné ante Tamar. Cometí un gran pe­cado y levanté el velo de la impureza de mis hijos.

6 Por culpa del vino no sentí respeto del mandamiento de Dios y tomé como mujer a una cananea.

7 Por ello, el que bebe vino necesita inteligencia, hijos míos.

Y ésta es la sensatez en la bebida: beber sólo mientras se mantiene la decencia.

8 Pero si se pasa esta frontera, (el vino) irrumpe en la mente y suscita

al espíritu del error y hace al ebrio hablar lo indecoroso, trans­gredir

la ley sin sentir vergüenza, llegando incluso a gloriarse en el des­honor

juzgándolo algo hermoso.

Capítulo 15

 

1 El fornicario no siente que sufre daño ni se avergüenza cuando pierde

la honra.

2 Uno que fornica, aunque sea rey, queda desposeído de la realeza,

pues resulta esclavo de la fornicación, tal como me ocurrió a mí.

3 Entregué mi báculo, es decir, el apoyo de mi tribu; mi cinturón, es decir,

mi poderío, y la diadema o, lo que es lo mismo, la honra de mi reino.

4 Luego, arrepentido de ello, ni gusté del vino ni de la carne hasta mi senectud, ni gocé de ningún tipo de alegría.

5 El ángel del Señor me indicó que las mujeres dominan siempre tanto

al rey como al mendigo.

6 Al rey le despojan de su honor, al valiente de su energía y al meneste­roso hasta del más pequeño sustento de su pobreza.

Capítulo 16

 

1 Guardad, pues, hijos míos, el límite del vino, pues hay en él cuatro espíritus malvados: del deseo, del ardor, del libertinaje y del lucro infame.

2 Si bebéis vino en momentos de alegría, hacedlo con temor de Dios

y guardando la compostura. Si no bebéis con esta disposición y se aparta

de vosotros el temor de Dios, vendrá luego la embriaguez,

y con ella se introducirá la desvergüenza.

3 Si no (guardáis la compostura), no bebáis en absoluto,

para que no pequéis con palabras ultrajantes, en pe­leas, calumnias

y transgresiones de los mandamientos de Dios, perecien­do antes de hora.

4 El vino descubre a los extraños los secretos de Dios y de los hombres,

al igual que yo revelé los mandatos de Dios y los secretos de mi padre Jacob a Besué, a cananea, a quien Dios ordenó no desvelárselos.

El vino es causa de guerra y confusión.

Capítulo 17

 

1 Os ordeno, pues, hijos míos, que no pongáis vuestro amor en el dinero

ni dirijáis vuestra mirada a la belleza de las mujeres, porque por el dinero

y la hermosura me extravié con Besué, la cananea.

2 Yo sé que, por culpa de esas dos cosas, vosotros,

mi raza, caeréis en el mal.

3 Sé también que esas dos cosas echarán a perder a los sabios de entre mis hijos y harán que mengüe el reino de Judá, que me otorgó el Señor

por la obediencia a mi padre.

4 Pues nunca entristecí a Jacob, mi padre, ya que ejecuté todo lo que

me ordenó.

5 Abrahán, el padre de mi padre, me prometió en su bendición que había de reinar en Israel, y del mismo modo me bendijo Isaac.

6 Yo sé que de mí se establecerá la realeza.

Capítulo 18

 

1 También conozco las maldades que cometeréis en los días postreros.
2 Guardaos, pues, hijos míos de la fornicación y del amor al dinero; escuchad a Jacob, vuestro padre,
3 porque tales cosas os apartan de la ley de Dios
y ciegan las deliberaciones de la mente. Inculcan el orgullo,
y no permiten al hombre apiadarse de su prójimo.
4 Privan al alma de toda bondad y lo constriñen a trabajos y labores;

le roban el sueño, y le consumen las carnes.
5 Ponen trabas a los sacrificios a Dios, no se acuerdan de su alabanza,

no obedecen las palabras de los profetas y odian los discursos piadosos.
6 Sirviendo a dos pasiones contrarias a los mandatos de Dios, el hombre no puede obedecer a la divinidad; aquéllas ciegan su alma y camina

du­rante el día como si fuera de noche.

Capítulo 19

 

1 Hijos míos, el amor al dinero conduce a los ídolos: (los hom­bres,) engañados por él, creen en dioses que no son. La avaricia hace caer

en el desvarío al que la posee.

2 Por el dinero perdí yo a mis hijos, y habría muerto sin ninguno a no ser por la penitencia de mi carne, la humildad de mi alma y las plegarias

de Jacob, mi padre.

3 Pero el Dios de mis padres, compasivo y misericordioso, me perdonó porque obré por ignorancia.

4 El príncipe del error me cegó, y no tuve en cuenta cómo

el hombre y la carne están corrompidos por el pecado.

Pero aprendí mi debilidad cuando pensaba que era invencible.

Capítulo 20

 

1 Sabed, pues, hijos míos, que dos espíritus tienen su asiento

en el hombre: el de la verdad y el del error.

2 En medio de ellos se halla el espíritu intelectivo de la mente y se inclina adonde quiere.

3 Las obras de la verdad y las del error están escritas sobre el pecho

del hombre, y el Señor conoce cada una de ellas.

4 No hay momento en el que puedan pasar inadvertidas las obras humanas porque están grabadas ante el Señor sobre el pecho,

en sus huesos.

5 El espíritu de la verdad da testi­monio de todo lo bueno y acusa

de lo malo. El pecador queda envuelto por el fuego de su propio corazón

y no puede levantar su rostro hacia el Juez.

Capítulo 21

 

1 Ahora, hijos míos, amad a Leví, para que permanezcáis en pie;

no os levantéis contra él, para que no perezcáis.

2 A mí me otorgó el Señor el reino, pero a él el sacerdocio, subordinando

el primero al se­gundo.

3 A mí me dio lo terrenal; a él, lo celestial.

4 Como supera el cielo a la tierra, así aventaja el sacerdocio de Dios

a la realeza terrena, si el primero no se aparta del Señor por el pecado

ni se ve dominado por la realeza terrestre.

5 A él y no a ti ha elegido el Señor para acercarse a Él, para comer

de su mesa y de sus primicias, las delicias de los hijos de Israel.

6 Tú reinarás en Jacob y serás para ellos como el mar.

Como en el piélago los justos y los injustos son llevados de un lado a otro, los unos como cautivos y los otros enriqueciéndose,

así habrá en ti toda clase de hombres: unos sufrirán peligros y caerán prisioneros; otros se enri­quecerán por la rapiña.
 
7 Los reyes serán como grandes cetáceos,
tragándose a los hombres como peces.
Esclavizarán a los libres, hombres y mujeres,
y expoliarán casas, campos, rebaños y riquezas.
8 Llenarán impíamente los buches de cuervos e ibis con las carnes

de muchos.  Adelantarán en la maldad, enorgulleciéndose en su avaricia.
9 Serán falsos profetas, como huracanes, y perseguirán a todos los justos.

Capítulo 22

 

1 El Señor atraerá sobre ellos divisiones de unos con otros,

y habrá continuas luchas en Israel.

2 Mi reino acabará entre gentes extra­ñas, hasta que venga la salvación

de Israel, [hasta la venida del Dios justo], para que Jacob [y todos los pueblos] puedan descansar en paz.

3 Él guardará la fortaleza de mi reino para siempre, pues el Señor me juró solemnemente que permanecería la realeza de mi descendencia en todo momento, por siempre.

Capítulo 23

 

1 Siento mucha pena, hijos míos, por las inmoralidades, magias y actos idolátricos que ejecutaréis contra el reino, siguiendo los pasos de adivinos, demonios y erróneos augurios.

 2 Haréis de vuestras hijas baila­rinas y cortesanas y os mezclaréis con

las abominaciones de los gentiles.

3 Por ello atraerá el Señor sobre vosotros hambre y peste, muerte

y espa­da vengadora, asedio de ciudades, perros que desgarran las carnes de sus enemigos, insultos de los amigos, perdición e inflamación de ojos, ani­quilación de los hijos, rapto de las esposas, rapiña de vuestros bienes, incendio del templo de Dios, desolación de vuestra tierra y cautividad entre los gentiles.

4 De entre vosotros castrarán los eunucos para sus mujeres.

5 Pero cuando os volváis al Señor con un corazón perfecto, arre­pentidos

y caminando según todos los mandamientos de Dios, os visitará el Señor con misericordia y os sacará de la esclavitud de vuestros ene­migos.

Capítulo 24

 

1 Después de esto se levantará en paz un astro de la estirpe de Jacob

[y surgirá un hombre de mi semilla como sol justo, caminando junto con

los hijos de los hombres en humildad y justicia,

y no se hallará en él ningún pecado.

2 Los cielos se abrirán sobre él para verter las bendiciones del Espíritu

del Padre Santo.

Él mismo derramará también el espíritu de gracia sobre vosotros.

3 Seréis sus hijos en la verdad y cami­naréis por el sendero de sus preceptos, los primeros y los últimos.

4 Éste es el retoño del Dios Altísimo y la fuente misma para vida de todo ser humano].

5 Brillará entonces el cetro de mi reino, y de vuestra raíz na­cerá un tallo.

6 En él surgirá un báculo justo para los gentiles, para hacer justicia y salvar a cuantos invoquen al Señor.

Capítulo 25

 

1 Luego, volverán a la vida Abrahán, Isaac y Jacob; y mis her­manos

y yo seremos jefes de nuestras tribus en Israel: Leví, el primero;

yo, el segundo; el tercero, José; el cuarto,

Benjamín; el quinto, Simeón; el sexto, Isacar, y así, sucesivamente, todos.

2 El Señor bendecirá a Leví; el ángel de la faz, a mí; las potestades gloriosas, a Simeón; el cielo, a Rubén; a Isacar, la tierra; el mar, a Zabulón; las montañas, a José; la tienda, a Benjamín; las luminarias del cielo, a Dan; las delicias, a Nef­talí; el sol, a Gad; los olivos, a Aser.
3 Habrá un solo pueblo del Señor y una lengua;
no existirá ya el espíritu engañoso de Beliar,
porque será arrojado al fuego para siempre jamás.
4 Los que hayan muerto en la tristeza resucitarán en gozo,
y los que hayan vivido en pobreza por el Señor se enriquecerán;
los necesitados se hartarán; se fortalecerán los débiles,
y los muertos por el Señor se despertarán para la vida.
5 Los ciervos de Jacob correrán con gozo,
y las águilas de Israel volarán con alegría;
[los impíos se lamentarán; gemirán los pecadores],
y todos los pueblos alabarán al Señor por siempre.

Capítulo 26

 

1 Guardad, pues, hijos míos, toda la ley del Señor, porque hay una esperanza para todos los que hacen rectos sus caminos.

2 Les dijo:
—Hoy muero ante vuestros ojos con ciento diecinueve años.

3 No me enterréis con un vestido lujoso ni me abráis el vientre —porque tales cosas hacen los reyes—, sino conducidme a Hebrón con vosotros.
4 Tras haber dicho estas palabras, se durmió Judá. Sus hijos hicieron según lo que les había ordenado y lo enterraron en Hebrón con sus padres.

 

 

TESTAMENTO DE ISACAR,  QUINTO  HIJO DE JACOB Y LEAH

 

Sobre la sencillez

 

Capítulo 1

 

1 Copia de las palabras de Isacar. Convocó a sus hijos y les ha­bló así:
—Escuchad, hijos, a Isacar, vuestro padre; prestad oído a las pala­bras

del amado del Señor.

2 Nací como quinto hijo de Jacob, como pre­mio por las mandrágoras.

3 Rubén trajo mandrágoras del campo; Raquel le salió al encuentro y se las quitó.

4 Lloraba Rubén por ello, y a sus gritos salió Lía, mi madre.

5 Estas mandrágoras eran manzanas de excelente aroma, producidas

por la tierra de Arán, en las alturas, bajo una catarata escarpada.
6 Dijo Raquel:
—No te las devolveré; serán mías en vez de hijos.
7 Eran dos manzanas. Replicó Lía:
—Debiera bastarte el haberme arrebatado al varón de mi doncellez. ¿

Vas a llevarte también éstas?
8 Respondió:
—Que Jacob pase contigo esta noche por las mandrágoras de tu hijo.
9 Díjole Lía:
—No seas jactanciosa ni te gloríes: Jacob es mío; yo soy la mujer de su juventud.
10 Raquel replicó: —¿Cómo? Él fue primero mi prometido y por mí sirvió

a mi padre catorce años.

11 ¿Qué voy a hacer contigo, ya que han crecido los engaños y las maquinaciones de los hombres y el dolor avanza sobre la tierra?

De lo contrario no habrías visto el rostro de Jacob..

Capítulo 2

 

1 Se le apareció entonces a Jacob un ángel del Señor y le dijo:
—Raquel parirá dos hijos, porque despreció la unión con varón y escogió

la continencia.
2 Si Lía, mi madre, no hubiera cambiado las dos manzanas por la unión con Jacob, habría parido ocho hijos. Pero alumbró a seis, y Raquel los otros dos. El Señor la visitó por las mandrágoras,

3 pues vio que desea­ba unirse a Jacob por los hijos,

no por deseo de placer.

4 Al día siguiente volvió a ceder a Jacob para recibir

la otra mandrágora. Así, por las mandrágoras hizo Dios concebir a Raquel.

5 Porque, apeteciéndolas, no las comió, sino que las ofreció al Señor en su templo, presentándoselas al sacerdote del Altísimo que oficiaba en aquel momento.

Capítulo 3

 

1 Cuando crecí, caminé con rectitud de corazón. Me hice labrador de las tierras de mis padres y hermanos y les llevaba los frutos de los campos

en cada estación.

2 Mi padre me bendijo, pues vio que procedía con sencillez.

3 No era entrometido, ni malvado, ni malicioso con mi pró­jimo.

4 No hablaba mal de ninguno ni criticaba la vida de nadie, procediendo

con ojos sencillos.

5 Por esta razón tomé mujer a los treinta años, porque la tarea devoraba

mi energía. No tenía la mente puesta en el placer que las mujeres proporcionan, sino que por el trabajo el sueño me vencía.

6 Mi padre se alegraba siempre por mi sencillez. Si conseguía algo

con mi trabajo, ofrecía en primer lugar al Señor, por medio del sacer­dote, los frutos y las primicias; luego, a mi padre, y en tercer lugar venía yo.

7 El Señor duplicaba los bienes por mis manos,

y Jacob sabía que Dios cooperaba con mi sencillez.

8 A los pobres y afligidos

les proporcio­naba los bienes de la tierra con sencillez de corazón.

Capítulo 4 

 

1 Oídme ahora, hijos míos, y proceded con sencillez de corazón,

porque sé que en ella reside toda la complacencia del Señor.
2 El sencillo no ansía el oro, no abusa de su prójimo,
no anhela los variados manjares,
no gusta de vestimentas especiales,
3 ni se desea a sí mismo una vida larga en años,
sino que espera sólo la voluntad de Dios.
4 Los espíritus del error nada pueden contra él,
pues no pretende complacerse en la belleza mujeril
para no manchar su mente con desvaríos.
5 La envidia no se introduce en sus deliberaciones,
ni la malicia se apodera de su alma,
ni piensa continuamente en la abundancia con insaciable deseo.
6 Procede con rectitud de alma,
y todo lo contempla con sencillez de corazón,
no aceptando en sus ojos las maldades del error mundano
para no ver torcidamente los mandamientos del Señor.

Capítulo 5

 

1 Guardad la ley de Dios, hijos míos, y conseguid la sencillez; ca­minad sin malicia, no indagando indiscretamente en los mandamientos

de Dios ni en las acciones del prójimo.

 2 Amad, por el contrario, al Señor y al prójimo y tened compasión del pobre y del débil.

3 Ofreced vuestras espaldas a la agricultura y afanaos en las labores

de la tierra, en toda clase de labranza, presentando al Señor con alegría

los dones.

4 Porque el Señor te ha bendecido con las primicias de la tierra, tal como bendijo a todos los santos desde Abel hasta ahora.

5  Pues no se te ha dado otra herencia

que la grosura de la tierra, cuyos frutos nacen con trabajo.

6 Mi padre Jacob me bendijo con la bendición de la tierra y con las primicias de los frutos.

7 Leví y Judá han recibido la gloria del Señor entre los hijos de Jacob,

pues él ha repartido su herencia: a uno, el sacerdocio; al otro, la realeza. 8 Obedecedles, pues, y proceded con

la sencillez de vuestro padre... [porque a Gad le ha sido concedido aniquilar las hordas piráti­cas que acosan a Israel].

Capítulo 6

 

1 Yo sé, hijos míos, que en los últimos tiempos dejarán vuestros hijos

la sencillez y se unirán a deseos insaciables. Abandonando la ino­cencia

se acercarán a la malicia, y olvidando los preceptos del Señor se harán discípulos de Beliar.

2 Dejando a un lado la agricultura,

seguirán las malvadas intenciones de sus pensamientos.

Se verán dispersados entre los pueblos y servirán a sus enemigos.

3 Decid estas cosas a vuestros hijos para que, si pecaren, se vuelvan rápidamente hacia el Señor.

4Porque él es misericordioso y se apiadará de ellos para hacerlos volver hacia su patria.

Capítulo 7

 

1 Tengo ahora ciento veintiséis años y no tengo conciencia de que haya habido en mí pecado mortal.
2 No he conocido a ninguna mujer, salvo la mía,
ni forniqué alzando mis ojos.
3 No he bebido vino hasta el desvarío,
ni deseé los bienes apetecibles de mi prójimo.
4 El engaño no se asentó en mi corazón, ni la mentira subió a mis labios.
5 Uní mis gemidos a los de los hombres doloridos,
y di parte de mi pan a los pobres.
No comía solo; no removí los mojones.
Durante toda mi vida fui piadoso y dije verdad.
6 Amé al Señor con todas mis fuerzas,
e igualmente a los hombres como a mis hijos.
7 Haced lo mismo, hijos míos,
y el espíritu de Beliar huirá de vosotros,
y ninguna obra malvada se enseñoreará de vosotros.
Dominaréis a las fieras salvajes,
teniendo con vosotros al Dios del cielo
[que camina con los hombres de sencillo corazón].
8 Les ordenó que le subieran a Hebrón y lo enterraran allí, en la cue­va,

con sus padres.

9 Extendió sus pies y murió, el quinto (de los hijos de Jacob), en una hermosa vejez pleno de vigor y con todos los miem­bros sanos.

Y se durmió el sueño eterno.

TESTAMENTO DE ZABULÓN,  SEXTO HIJO DE JACOB Y LEAH

 

Sobre la compasión y misericordia

 

Capítulo 1

 

1 Copia (de las palabras) de Zabulón, del testamento que dio a sus hijos

a la edad de ciento catorce años, dos después de la muerte de José.

2 Les dijo:
—Oídme, hijos de Zabulón; prestad atención a la palabra de vuestro padre.

3 Yo soy Zabulón, un buen regalo para mis padres. Al nacer yo, se enriqueció muchísimo nuestro padre en rebaños de ovejas y bueyes,

ya que consiguió su lote por los bastones de dos colores.

4 No tengo con­ciencia, hijos míos, de ningún pecado durante mi vida,

salvo de pensa­miento.

5 No me acuerdo de ninguna transgresión de la ley, salvo el pe­cado

de ignorancia cometido contra José, porque determiné con mis her­manos no decir nada a mi padre de lo sucedido.

 6 Mucho lloré en secreto, pues temía a mis hermanos, ya que habían convenido todos que,

si al­guien desvelaba el secreto, sería pasado por la espada.

7 Pero cuando querían acabar con José, les exhorté con muchísimas lágrimas a que no cometieran tal impiedad.

Capítulo 2

 

1Habían llegado Simeón y Gad, airados contra José, dispuestos

a aniquilarle.

Cayendo de hinojos, éste les decía:
2 Apiadaos de mí, hermanos míos; tened compasión de las entrañas

de Jacob, nuestro padre. No pongáis vuestras manos sobre mí para verter sangre inocente, ya que no he faltado contra vosotros.

3 Y si lo hubiera hecho, aplicadme un correctivo,

pero no levantéis vuestras manos, a causa de Jacob, nuestro padre.
4 Después que, afligido, pronunció estas palabras, me sentí movido

a compasión y comencé a llorar. Mi corazón se derritió en mi interior,

y toda la masa de mis entrañas se reblandeció en mí.

5 Lloraba José, y yo con él; mi corazón palpitaba con fuerza, las articulaciones de mi cuerpo se descoyuntaron y no podía tenerme en pie.

6 Viendo José que lloraba yo con él y que los demás se lanzaban

a matarle, se escondió detrás de mí suplicándoles.

7 Rubén intervino así:
—Hermanos, no lo matemos, sino arrojémosle a una de esas cisternas secas que cavaron nuestros padres y en las que no hallaron agua.

8 Pues por esta razón había impedido

el Señor que subiera agua por ellas, para que José pudiera salvarse.

9 Así lo hizo el Señor hasta que vendieron a José a los ismaelitas.

Capítulo 3

 

1 Hijos míos: yo no tuve parte en el precio de venta de José.

2 Pero Simeón, Gad y los otros seis de nuestros hermanos tomaron

el dinero de la venta de José y se compraron sandalias para ellos,

sus mujeres e hijos. Dijeron así:
3 No compraremos con él alimentos, ya que es el precio de la san­gre

de nuestro hermano, sino que lo pisotearemos con nuestros pies, pues dijo que iba a reinar sobre nosotros.

Así veremos en qué paran sus ensueños.
4 Por esta razón se halla escrito en el libro de la Ley de Moisés:

«Al que no quiera suscitar descendencia a su hermano, desátenle las sandalias y escúpanle a la cara».

5 Los hermanos de José no querían que éste vivie­ra, por eso el Señor les desató la sandalia que se habían calzado contra José, su hermano.

6 Pues, llegados a Egipto, fueron los siervos de José quienes les desataron las sandalias ante la puerta de la ciudad, y así se arrodillaron ante su hermano, como ante el faraón.

7 No sólo se arrodi­llaron, sino que fueron cubiertos de esputos inmediatamente, aún de hinojos ante él. Y así quedaron confundidos ante los egipcios,

8 pues éstos escucharon luego todas las maldades que habían hecho a José.

Capítulo 4

 

1 Después de arrojarle a la cisterna se pusieron a comer.

2 Yo no probé bocado durante dos días con sus noches, lleno de pena por José. Tampoco Judá comió con ellos, sino que estaba vigilando el pozo,

teme­roso de que Simeón y Gad fueran y lo mataran.

3 Viendo que yo no co­mía, dispusieron que lo vigilase hasta su venta.

4 Pasó José en la cisterna tres días con sus noches, y lo vendieron así, hambriento.

5 Se enteró Ru­bén de que José había sido vendido en su ausencia,

rasgó sus vestiduras y se lamentó con estas palabras:
—¿Cómo podré mirar al rostro de Jacob, mi padre?
6 Tomó el dinero y corrió tras los mercaderes, pero no halló a nin­guno,

ya que, dejando el camino principal, habían tomado un atajo a través del país de los trogloditas.

7 Rubén no comió durante ese día. Se acercó entonces Dan y le dijo:
8 No llores ni te lamentes, pues se me ha ocurrido lo que vamos a decirle a nuestro padre.

9 Sacrifiquemos un cabrito, impregnemos con su sangre el manto

de José y digamos: «Mira si es éste el manto de tu hijo».
Y así lo hicieron,

10 pues cuando iban a vender a José le despojaron del manto de nuestro padre y lo cubrieron con uno viejo, de un esclavo.

11 Simeón tenía el manto y no quería entregárnoslo, pues deseaba

ras­garlo con su espada, airado porque José, a quien no había podido matar, aún vivía.

12 Nos levantamos todos contra él y le dijimos:
—Si no nos lo das, diremos que tú solo has cometido esta maldad en Israel.
13 Él lo entregó, y obraron tal como había dicho Dan.

Capítulo 5

 

1 Ahora, hijos míos, os conmino a que guardéis los mandamientos del Señor, seáis misericordiosos con el prójimo y mostréis entrañas de misericordia hacia todos,

no sólo hacia los seres humanos, sino también hacia los irracionales.

2 Por esta razón me ha bendecido el Señor, y mien­tras todos mis hermanos han sufrido enfermedades, yo he pasado la vida sin ellas, pues el Señor conoce el propósito de cada uno.

3 Tened entrañas de misericordia, hijos míos, porque tal como obréis con vuestro prójimo así actuará el Señor con vosotros. 4 Por ello los hijos de mis hermanos enfermaban y morían a causa de José, ya que no habían tenido miseri­cordia en sus corazones.

Mis hijos, por el contrario, se mantuvieron sin enfermedades, como sabéis.

5 Cuando estaba en Canaán, en la costa, me dedicaba a pescar para

mi padre Jacob.

Muchos se ahogaron en el mar, pero yo no sufrí daño alguno.

Capítulo 6

 

1 Fui yo el primero que construyó un bote para navegar en el mar,

porque el Señor me dio inteligencia y sabiduría para ello.

2 Puse un ma­dero en la popa e icé una vela en un tronco recto en medio del bote.

3 Navegando en él por la costa, me dedicaba a pescar para la casa

de mi padre hasta que llegamos a Egipto.

4 Lleno de conmiseración, hacía partícipes de mi pesca a todos los forasteros.

5 Si encontraba alguno o un enfermo o anciano, cocía los peces,

los preparaba bien y le daba a cada uno según su necesidad, reuniéndolos

y compartiendo sus preocupaciones.

6 Por esta razón, el Señor me otorgaba una pesca abundante,

pues el que comparte con el prójimo recibe muchísimo más del Señor.

7 Fui pescador durante cinco años, haciendo partícipe de lo mío a todo ser humano y subviniendo a todas las necesidades de la casa de mi padre.

8 Durante el verano pescaba, y en el invierno guardaba los rebaños con mis hermanos.

Capítulo 7

 

1 Ahora os voy a contar lo que hice. Vi a un hombre sufriendo por

su desnudez en invierno. Apiadado de él, sustraje un manto de mi casa

y se lo di ocultamente al que padecía frío.

2 Hijos míos, de lo que el Se­ñor os proporcione, apiadaos de todos,

usando misericordia sin distinción y socorred la necesidad de todo

ser humano, con bondad de corazón.

3 Y si en cualquier momento no podéis dar a quien lo necesita, compadeceos de él con entrañas de misericordia.

4 Si mi mano no encontraba en algún momento qué dar al necesitado,

le acompañaba durante siete estadios llorando con él,

y mis entrañas se volvían hacia él compasivamente.

Capítulo 8

 

1 Hijos míos, tened compasión con todo ser humano en misericor­dia,

para que el Señor, movido también a compasión, se apiade de vos­otros.

2 Porque, en los últimos días,

el Señor enviará su piedad sobre la tierra y habitará donde encuentre entrañas de misericordia.

3 En tanto el ser humano tenga compasión de su prójimo, así la tendrá

el Señor.

4 Pues cuando bajamos a Egipto, José no nos hizo daño alguno, sino que sintió compasión al verme.

5 Acordándoos de su comportamiento, no seáis resentidos, hijos míos, sino amaos unos a otros y no andéis exami­nando la maldad de vuestro hermano.

6 Eso rompe la unidad y desbarata todo sentimiento de familia, intranquiliza el alma y aniquila la existencia, pues el resentido no alberga en sí entrañas de misericordia.

Capítulo 9

 

1 Considerad las aguas: cuando marchan por un mismo cauce, arras­tran piedras, leños, tierra y arena.

2 Pero si se divide en múltiples flujos, la tierra la absorbe y no pasa nada.

3 Si os separáis, os ocurrirá lo mismo.

4 No os dividáis en dos cabezas,

porque todo lo que hizo el Señor tiene una sola [cabeza]. Él nos dio dos hombros, dos manos, dos pies, pero todos los miembros obedecen

a una sola cabeza.

5 He leído en las escrituras de mis padres que en los últimos días

os apartaréis del Señor, habrá divisiones en Israel, seguiréis a dos reyes diferentes, cometeréis toda clase de abo­minaciones

y adoraréis toda suerte de ídolos.

6 Vuestros enemigos os esclavizarán y viviréis entre los gentiles con toda clase de enfermedades, tribulaciones y dolores del alma.

7 Pero después os acordaréis del Señor, os arrepentiréis, y él os volverá

a vuestra tierra, porque es misericordioso y lleno de piedad;

no tiene en cuenta la maldad de los humanos,

ya que son carne, y el espíritu del error los engaña en todas sus acciones.

8 Después el Señor en persona se levantará sobre vosotros como

la luz de la justicia, que lleva en sus alas curación y misericordia.

Él rescatará a los hijos de los hombres de la cautividad de Beliar,

y todos los espíritus del error serán hollados (por sus pies).

Hará tornar a todos los pueblos al celo por su causa y veréis a Dios

[en figura de hombre]

(en el templo) que escogerá el Señor: Jerusalén es su nombre.

9 Volveréis a irritarlo con vuestras malvadas acciones y seréis rechazados

hasta el momento de la consumación.

Capítulo 10

 

1 Ahora, hijos míos no os entristezcáis por mi muerte ni quedéis postrados con mi marcha,

2 pues resurgiré entre vosotros como un guía en medio de vuestros hijos.

Me alegraré entre los de mi tribu, entre cuan­tos guardaron la ley del Señor

y los preceptos de Zabulón, su padre.

3 Pero sobre los impíos hará caer Dios un fuego eterno y los hará perecer para siempre.

4 Ahora corro hacia mi descanso, como mis padres.

5 Temed al Señor, vuestro Dios, con toda energía durante todos los días

de vuestra vida.
6 Tras haber pronunciado estas palabras, se durmió con un sueño dulce,

y sus hijos lo depositaron en un féretro.

7 Luego, subiéndole a Hebrón, lo enterraron con sus padres.

TESTAMENTO DE DAN, SEPTIMO HIJO DE JACOB Y BILHAH

 

Sobre la ira y la mentira

 

Capítulo 1

 

1 Copia de las pa

labras que Dan pronunció ante sus hijos en los últimos días, cuando tenía ciento veinticinco años.

2 Convocó a su familia y les dijo:
—Oíd, hijos de Dan, mi discurso; atended a las palabras de la boca

de vuestro padre.

3 Tengo la prueba, en mi corazón y en mi vida, de que es hermosa

y agradable a Dios la verdad unida al bien obrar y son malas la mentira

y la ira, porque enseñan al hombre toda clase de maldad.

4 Os confieso hoy, hijos míos, que me alegré en mi corazón

de la muerte de José, hombre bueno

y verdadero. 5 Me alegré con la venta de José, ya que mi padre lo amaba más que a nosotros.

6 El espíritu de la envidia y del orgullo me decía: «Tú también eres su hijo».

7 Uno de los espíritus de Beliar colaboraba conmigo y me decía: «Toma esta espada y mata con ella a José: tu padre te amará una vez muerto él».

8 Éste era el espíritu de la ira que me intentaba persuadir para que destrozara a José como una pantera devora a un cervatillo.

9 Pero el Dios de Jacob nuestro padre no lo puso en mis manos cuando se encontraba solo ni me permitió come­ter la impiedad de aniquilar dos tribus en Israel.

Capítulo 2

 

1 Ahora, hijos míos, me estoy muriendo. Os digo en verdad que,

si no os guardáis de los espíritus del engaño y de la ira, si no amáis

la verdad y la magnanimidad, pereceréis.

2 La ceguera habita en la ira, hijos míos, y no hay quien pueda ver a otra persona con verdad.

3 Aunque sean el padre o la madre, los considera como enemigos y, aunque sea un hermano, no lo tiene en cuenta. Si es un profeta del Señor, no lo escucha. Si es un justo, no lo mira, y si es un amigo, no lo reconoce.

4 El espíritu de la ira lo envuelve con las redes del engaño, ciega sus ojos, llena su mente de tinieblas con la mentira y le presenta su propia visión. ¿Con qué rodea sus ojos?

Con el odio del corazón, por lo que adopta contra su hermano

una postura envidiosa.

Capítulo 3

 

1 Malvada es la ira, hijos míos: es como un alma en el alma misma.

2 Se apodera del cuerpo del iracundo, se enseñorea de su alma

y propor­ciona al cuerpo una energía peculiar para cometer toda

clase de impie­dades.

3 Y cuando el alma ha obrado,

justifica lo realizado, puesto que ya no ve.

4 Por esta razón, el iracundo, si es hombre fuerte,

posee una triple energía gracias a la ira: la primera, gracias a la fuerza

y colaboración de sus subordinados; la segunda, por la riqueza, pues ejerce la persuasión a la fuerza, con lo que vence injustamente; la tercera, por la energía na­tural del cuerpo, gracias a la cual obra el mal.

5 Pero si es débil el ira­cundo, posee una fuerza doble de la natural,

ya que la ira le ayuda en todas sus iniquidades.

6 Este espíritu, junto con el de la mentira, camina siempre a la diestra

de Satanás, y sus acciones se realizan con crueldad y engaño.

Capítulo 4

 

1 Caed en la cuenta, pues, cómo la fuerza de la ira es cosa vana.

2 Primero excita con las palabras; luego fortalece al airado con sus obras

y turba su mente con amargas pérdidas, y así excita al alma con gran rabia.

3 Cuando alguien hable contra vosotros,

no os mováis a ira, y si alguien os alaba como bueno, no os ensoberbezcáis ni mudéis vuestro ánimo hacia el gusto o el disgusto.

4 En primer lugar, la ira halaga el oído, y así espolea la mente a considerar el objeto que la excita. Luego, ya airado, piensa que se ha encolerizado con razón.

5 Si sufrís algún daño o pérdida, hijos míos, no os conturbéis, porque este mismo espíritu hace apetecer lo perdido para encolerizarlo por el deseo.

6 Si sufrís un daño voluntaria o involuntariamente, no os entristezcáis,

pues de la tristeza se suscita la cólera junto con la mentira.

7 La ira y el engaño son un mal doble, y ambos cooperan para conturbar

la razón. Y cuando el alma se halla turbada continuamente,

el Señor se aparta de ella y es dominada por Beliar.

Capítulo 5

 

1 Guardad, pues, hijos míos, los mandamientos del Señor y ob­servad

su ley.  Apartaos de la cólera y odiad la mentira,
para que el Señor habite en vosotros y huya Beliar.
2 Que cada uno hable verdad a su prójimo; así no caeréis en ira

y confusión, sino que permaneceréis en paz en posesión del Señor

de la paz y no se apoderarán de vosotros los conflictos.
3 Amad al Señor durante toda vuestra vida,

y unos a otros con un corazón verdadero.
4 Sé que en los días postreros os apartaréis del Señor, que irritaréis a Leví

y os opondréis a Judá, pero no podréis contra ellos,

pues el ángel del Señor los guiará, ya que en ellos subsistirá Israel.
5 Cuando os apartéis del Señor, cometeréis toda clase de maldad,

perpe­trando las impiedades de los gentiles, fornicando con las mujeres

de los impíos con toda clase de perversiones, impulsados en vuestro interior por los espíritus del error.

6 He leído en el libro de Henoc el justo que vues­tro jefe es Satanás

y que todos los espíritus de la fornicación y del orgullo se levantarán contra Leví para tender asechanzas  a sus hijos y hacerlos pecar ante el Señor.

7 Mis hijos se irán acercando a Leví para pecar  con ellos en todo. Los hijos de Judá serán avariciosos, arrebatando lo ajeno como leones.

8 Por esta razón seréis conducidos con ellos a la cautividad,

y allí os sobrevendrán todas las plagas de Egipto

y los males todos de los gentiles.

9 Pero así os convertiréis al Señor y obtendréis misericordia;

él os conducirá hacia su santuario invocando la paz sobre vosotros.

10 Os suscitará de las tribus de Judá y Leví la salvación del Señor.
Hará la guerra a Beliar y otorgará una venganza victoriosa

de nuestros enemigos.
11 Arrebatará los cautivos —las almas de los santos— a Beliar,
hará volver hacia el Señor los corazones desobedientes
y concederá a los que le invoquen paz eterna.
12 Descansarán en el Edén los santos, y los justos se alegrarán

por la nueva Jerusalén, que subsistirá para gloria de Dios por siempre. 

13 Nunca más permanecerá desierta Jerusalén,
ni Israel será sujeto a esclavitud, porque el Señor estará en medio de ella, [conviviendo con los hombres,] el Santo de Israel reinando sobre ellos

[en humildad y pobreza;

el que crea en él reinará en verdad en los cielos].

Capítulo 6

 

1 Hijos míos, temed al Señor y protegeos de Satanás y sus espíri­tus.

2 Acercaos a Dios y al ángel que intercede por vosotros,

porque él es el mediador entre Dios y los hombres para la paz de Israel

y se opon­drá al reino del enemigo.

3 Por ello se apresurará el adversario a hacer caer a todos cuantos invocan al Señor.  

4 Pues sabe que, en el día en que crea Israel, se acabará el reino

del enemigo.

5 El ángel de la paz fortale­cerá a Israel para que no se precipite

en el colmo de los males.

6 [En la época de la impiedad de Israel, el Señor se apartará

de él y se dirigirá hacia los gentiles que cumplan su voluntad,] pues ninguno de los ánge­les es semejante a él.

7 Su nombre se hallará en todo lugar de Israel [y entre los gentiles] como salvador.

8 Guardaos, pues, hijos míos, de toda obra malvada, arrojad de vosotros toda cólera y mentira; amad, por el contrario, la verdad y la magnanimidad.

9 Las palabras que habéis oído de boca de vuestro padre transmitidlas

a vuestros hijos [para que os reciba el Salvador de los gentiles.

Él es amigo de la verdad y magnánimo,

manso y humilde, y enseña con sus obras la ley de Dios].

10 Apartaos, pues, de toda maldad y apegaos a la justicia de la ley del Señor: entonces mi linaje será salvo por siempre.

11 Enterradme cerca de mis padres.

Capítulo 7

 

1 Tras haber pronunciado estas palabras, los besó y concilió el sueño eterno.

2 Sus hijos lo enterraron, pero luego llevaron sus huesos al lado de los

de Abrahán, Isaac y Jacob.

3 [Y tal como lo profetizó Dan —que habían de olvidarse de la ley de su Dios, que verían alejados de la tierra de su heredad, del linaje de Israel,

de su familia y descenden­cia—, así ocurrió].

TESTAMENTO DE NEFTALÍ,  OCTAVO  HIJO DE JACOB Y BILHAH

 

Sobre la bondad natural

 

Capítulo 1

 

1 Copia del testamento de Neftalí, de lo que dispuso en el momen­to de su muerte, cuando tenía ciento treinta años.

2 Se reunieron sus hijos en el mes séptimo, el cuarto día, cuando aún gozaba de salud, y preparó para ellos un blanquete

con abundancia de bebida.

3 Al desper­tarse por la mañana, les dijo: —Me estoy muriendo.
Pero no le creían.

4 Alabó al Señor y les confirmó que tras el ban­quete, ya celebrado el día anterior, habría de morir.

 5 Comenzó, pues, a decir a sus hijos:
—Escuchad, hijos míos, descendientes de Neftalí; escuchad las pa­labras de vuestro padre.

6 Yo nací de Bala. Pero ya que Raquel había actuado astutamente y había dado Bala a Jacob en vez de ella misma, y porque mi madre me alumbró sobre las rodillas de Raquel. . .

por todo ello fui llamado Neftalí.

7 Raquel me amó porque había nacido sobre sus rodillas. Cuando yo era aún un muchacho tierno, me besaba y decía: «¡Ojalá pueda ver

yo un hermano tuyo parecido a ti nacido de mi vien­tre!».
8 Por eso José era semejante a mí en todo por las plegarias de Raquel.

9 Pero mi madre es Bala —hija de Roteo, hermano de Débora, la nodriza de Rebeca—, que nació el mismo día que Raquel.

10 Roteo era del linaje de Abrahán, caldeo, temeroso de Dios, libre y noble.

11 Hecho prisio­nero, fue comprado por Labán, quien le dio como mujer

a Ena, su sierva. Ésta le parió una hija a la que llamó Zelfa, según el nombre del lugar en que había sido hecho prisionero.

12 Luego dio a luz a Bala y dijo:
—Mi hija es mujer ansiosa de novedades, pues nada más nacer

ya se apresura a mamar.

Capítulo 2

 

1 Puesto que yo era ligero de pies como un ciervo, mi padre Jacob

me utilizaba como portador de noticias y mensajes.

También me bendijo como a un ciervo.
2 El ceramista conoce su vasija —qué capacidad ha de tener— y em­plea para ello el barro apropiado: así el Señor fabrica el cuerpo a seme­janza del espíritu y dispone éste según la fuerza de aquél.

3 No hay des­armonía de uno respecto al otro ni en un pelo, pues toda creación del Altísimo está hecha según peso, medida y regla.

4 El ceramista conoce el empleo de cada una de sus vasijas,

para qué es apropiada; así el Señor conoce el cuerpo, hasta dónde

se extenderá en lo bueno y hasta dónde llegará en lo malo.

5 Pues no hay forma alguna ni pensamiento que no conozca el Señor:

él ha creado a todo ser humano según su semejanza.

6 Según su fuerza, así es su acción; según su mente, así sus realizaciones.

Según su propósito, así su actuación. Como es su corazón,

así también su boca.

Como es su ojo, así su sueño, y como es su alma, así su palabra, según

la ley del Señor o según la de Beliar.

7 Como hay una división entre luz y tinieblas y entre la vista y el oído,

así la hay entre un hombre y otro, entre una mujer y otra: no puede decirse que alguno sea igual a otro en apariencia y entendimiento.

8 Dios ha hecho todas las cosas her­mosas según un orden: cinco sentidos en la cabeza; a ésta va unido el cuello y el cabello como adorno;

luego, el corazón para el entendimiento,

el vientre para excreción del estómago, la tráquea para la salud, el hígado para la ira, la bilis para la amargura, el bazo para la risa, los riñones para

la astucia, los lomos para la fuerza,

las costillas para servir de recipiente (a los pulmones), la cadera para

la potencia y así sucesivamente.

9 Así pues, hijos míos, que todas vuestras obras se realicen para el bien dentro de un orden, por lo que no hagáis nada desordenado por desprecio ni fuera de su momento oportuno.

10 Si ordenaras a tu ojo oír, no podría; así tampoco podréis hacer las obras

de la luz en las tinieblas.

Capítulo 3

 

1 No os apresuréis a desvirtuar vuestras acciones por la avaricia

ni a engañar vuestras almas con vanas palabras, porque guardando silencio con pureza de corazón aprenderéis

a manteneros firmes en la voluntad de Dios y arrojar fuera la del diablo.

2 El sol, la luna y las estrellas no cambian su orden: no trastoquéis tampoco vosotros la ley de Dios por el desorden de vuestras acciones.

3 Los gentiles, equivocados y apartados del Señor, cambiaron su orden:

fueron tras piedras y leños siguiendo a los espíritus del error.

4 No seáis así vosotros,

hijos míos, sino reconoced en el firmamento, en la tierra y el mar y en todas sus obras al Señor que todo lo creó, para que no seáis como Sodoma,

que trastocó el orden de su naturaleza.

5 Igualmente cambiaron el orden de su naturaleza los Vi­gilantes, a quienes condenó el Señor a la maldición del diluvio, por cuya culpa dejó la tierra desierta, sin frutos ni asentamientos humanos.

Capítulo 4

 

1 Os digo esto, hijos míos, porque he leído en el sagrado libro de Henoc que también vosotros os apartaréis del Señor, caminando por las maldades de los gentiles y cometiendo todas las impiedades de Sodoma.

2 El Señor traerá sobre vosotros la esclavitud y serviréis allí a vuestros enemigos; os veréis abrumados por toda clase de daños y tribulaciones hasta que el Señor os aniquile a todos.

3 Pero después que os haya dis­minuido y reducido a la insignificancia,

os convertiréis y reconoceréis al Señor vuestro Dios. Él os hará volver

 a vuestra tierra según la abundancia de su misericordia.

4 Pero ocurrirá que, cuando tornen a la tierra de sus padres,

volverán a olvidarse del Señor y actuarán impíamente.

5 El Señor los dispersará sobre la faz de la tierra hasta que venga

su misericordia [un hombre que obra justamente y es misericordioso

con todos, con los lejanos y los cercanos].

Capítulo 5

 

1 Cuando tenía yo cuarenta años, vi en una visión, en el Monte de los Olivos, al este de Jerusalén, que el sol y la luna se habían quedado inmóviles.

2 Entonces Isaac, nuestro abuelo, nos dijo:
—Corred y coja cada uno según su fuerza: el sol y la luna serán de quien los tome.
3 Todos corrimos a la vez. Leví se apoderó del sol, y Judá, adelantán­dose,

de la luna, y ambos fueron elevados a lo alto con los astros.

4 Cuando Leví era ya como el sol, un joven le entregó doce ramos

de palmera. Judá resplandecía como la luna, y bajo sus pies había doce rayos.

5 Leví y Judá corrieron y se apoderaron de ellos.

6 Sobre la tierra había un toro que tenía dos cuernos grandes y alas

de águila sobre su lomo. Quisimos cogerlo, pero no pudimos.

7 José se adelantó y lo cogió, subiendo con él a lo alto.

8 Vi que estábamos en un jardín y que una escritura santa se nos aparecía y nos decía: Los asirios, medos, persas, elamitas, [gelaqueos,] caldeos

y sirios recibirán como herencia las doce tribus cautivas de Israel.

Capítulo 6

 

1 Otra vez, siete meses después, vi a mi padre Jacob de pie en el mar

de Yamnia, y nosotros sus hijos estábamos con él.

2 Y he aquí que arribaba un navío lleno de salazones,

pero sin marineros ni patrón, que tenía grabado el nombre

de «Barco de Jacob».

3 Nos dijo nuestro padre:—Embarquémonos en nuestra nave.

4 Así lo hicimos, y se desenca­denó una fuerte tormenta y un terrible vendaval. Nuestro padre, que iba al timón, fue arrebatado de nuestro lado.

5 Nosotros, empujados por la tormenta, éramos llevados por el mar.

La nave se llenó de agua y se veía agitada por tremendas olas hasta que zozobró.

6 José huyó sobre un es­quife, y nosotros nos repartimos sobre diez tablas,

pues Leví y Judá iban sobre la misma.

7 Nos dispersamos todos hasta los últimos confines (del mar).

8 Pero Leví se cubrió de saco y rogó por todos nosotros al Señor.

9 Cuando cesó la tormenta, el barco se aproximó a tierra, como (se hace cuando hay) calma.

10 Y he aquí que en él llegó nuestro padre Jacob y todos nos alegramos con un solo corazón.

Capítulo 7

 

1 Conté los dos sueños a mi padre, quien me dijo:
—Es necesario que se cumplan estas cosas en su momento oportuno, después que Israel haya sufrido mucho.
2 Luego añadió mi padre:
—Tengo confianza en Dios de que José vive; continuamente y por todas partes el Señor lo sigue contando como uno de nosotros.
3 Y, llorando, prosiguió:
—Vives, José, hijo mío, pero no te veo; y tú tampoco ves a Jacob,

el que te engendró.
4 Estas palabras suyas nos hicieron llorar también a nosotros.

Mis entrañas ardían en deseos de decirle que José había sido vendido, pero sentí temor de mis hermanos.

Capítulo 8

 

1 Ved, hijos míos, cómo os he mostrado los últimos tiempos, ya que todo sucederá así en Israel.

 2 Ordenad, pues, a vuestros hijos que sean uno con Leví y Judá,
pues por éste surgirá la salvación para Israel, y en él será bendito Jacob.
3 Por medio de su tribu se revelará Dios [habitando entre los hombres] sobre la tierra para salvar al pueblo de Israel
y congregará a los justos de entre los gentiles.
4 Si obráis el bien, hijos míos, nos bendecirán los hombres y los ángeles,
y Dios será glorificado entre los gentiles por vuestro medio.
El diablo huirá de vosotros y las fieras os temerán.
5 [Si uno educa a su hijo convenientemente, deja un buen recuerdo de sí; igualmente, la obra buena tiene ante Dios un buen recuerdo.]
6 Pero al que no obre el bien lo maldecirán los ángeles y los hombres;
Dios se verá privado de gloria entre los gentiles por su causa,
y el diablo habitará en él como en propio receptáculo.
Las fieras le dominarán, y el Señor lo odiará.
7 Pues los mandamientos de la ley son dobles,
y hay que cumplirlos con prudencia.
8 Pues hay un momento para la unión con la propia mujer
y otro de abstenerse para la oración.
9 Las dos cosas son mandamiento y, si no ocurren en su orden,

hacen al hombre cometer pecado. Y lo mismo ocurre con el resto

de los precep­tos.

10 Sed, pues, sabios en Dios y prudentes, y reconoced el orden

de sus mandamientos y las leyes de cada asunto,

de modo que el Señor os ame.

Capítulo 9

 

1 Ordenándoles muchas cosas por el estilo, les pidió que transpor­taran

sus huesos a Hebrón y que lo enterraran con sus padres.

2 Comió y bebió con alegría. Luego cubrió su rostro y murió.
3 Sus hijos hicieron todo lo que les ordenó Neftalí, su padre.

 

TESTAMENTO DE GAD,  NOVENO  HIJO DE JACOB Y ZILPAH

 

Sobre el odio

 

Capítulo 1

 

1 Copia del testamento de Gad, de las palabras que dirigió a sus hijos cuando tenía ciento veinticinco años. Les dijo:
2—Yo fui el noveno hijo de Jacob y era un valiente guardando los rebaños.

3 Vigilaba de noche el rebaño, y cuando se acercaba un león, lobo, pantera, oso u otra fiera al aprisco, la perseguía, la cogía con mi mano por una pata y, haciéndola girar, la dejaba aturdida,

la perseguía luego a lanzazos durante dos estadios y así acababa con ella.

4 José per­maneció con nosotros durante treinta días guardando los rebaños, pero como era delicado, enfermó por el calor.

5 Se volvió entonces a Hebrón, junto a su padre.

Éste hizo que se recostara junto a él porque le amaba.

6 Dijo José a nuestro padre:
—Los hijos de Zelfa y de Bala sacrifican lo mejor del ganado y se lo comen,

contra la opinión de Judá y Rubén.
7 Él había visto que yo había arrancado un cordero de la boca de un oso, que había matado a éste, sacrificado al cordero —con gran tristeza, ya que no podía vivir más— y que nos lo habíamos comido. Y José se lo había dicho a nuestro padre.

8 Yo estaba irritado contra él por esta acción hasta el día de su venta

a Egipto.

9 El espíritu del odio residía en mí y no deseaba ni ver ni oír hablar de José.

Incluso nos reprendía porque habíamos comido las crías sin Judá.

Y en todo lo que hablaba a nuestro padre lo convencía.

Capítulo 2

 

1 Confieso ahora mi pecado, hijos míos, porque quise muchas veces acabar con él; le odiaba con toda mi alma, y en mis entrañas no había hacia él ningún sentimiento de compasión.

2 Mi odio aumentaba también por sus ensueños y deseaba borrarle

de la tierra de los vivos como un ternero arranca la hierba del suelo.

3 Por esta razón, Judá y yo lo vendi­mos a los ismaelitas por treinta monedas de oro. Ocultamos diez y mos­tramos a nuestros hermanos

las veinte restantes.

4 Así, por avaricia, di cumplimiento a la idea de aniquilarle.

5 Pero el Dios de mis padres lo salvó de mis manos para que no llegara

a cometer una impiedad en Israel.

Capítulo 3

 

1 Prestad oídos, hijos míos, a mis rectas palabras, para que prac­tiquéis

la justicia, cumpláis toda la ley del Altísimo y no os dejéis enga­ñar por

 el espíritu del odio,

porque es éste un mal que invade todas las acciones de los hombres.

2 Todo lo que se haga es malo a los ojos de quien está lleno de odio.

Si alguien cumple la ley del Señor, no lo alaba; si otro teme al Señor

y desea lo justo, no le gusta.

3 Vitupera la verdad, envidia a quien prospera, saluda a la calumnia

y ama el orgullo. El odio ciega su alma; de esta manera veía yo a José.

Capítulo 4

 

1 Guardaos, pues, hijos míos, del odio, porque comete impiedades,

incluso contra el Señor.

2 No quiere prestar oídos a las palabras de sus preceptos sobre el amor

al prójimo y peca contra Dios.

3 Si un hermano da un mal paso, desea enseguida anunciárselo a todos

y se apresura para que sea juzgado y muera por ello castigado.

4 Si se trata de un siervo, lo arroja ante su señor y maquina con toda clase de presiones a ver si puede matarlo.

5 El odio colabora con la envidia contra los que tienen éxito; oyendo

y contemplando sus progresos, se siente enfermo.

6 El amor quiere incluso resucitar a los muertos y anhela retener en la vida a los que se hallan en trance de perecer; el odio, por el contrario, desea matar a los que viven y no quiere dejar vivir a los que han errado mínima­mente.

7 El espíritu del odio, con su estrechez de miras, colabora con Satanás

en todo para procurar la muerte a los hombres. El espíritu del amor,

por el contrario, con su amplitud de corazón, colabora con la ley de Dios para la salvación de los hombres.

Capítulo 5

 

1 Malo es el odio porque se une continuamente con la mentira, habla contra la verdad, hace grande lo pequeño, presenta la oscuridad como luz, afirma que lo dulce es amargo, enseña la calumnia, ira, hostili­dad, violencia y todo cúmulo de males, y llena el corazón de diabólico veneno.

2 Todo esto os lo digo, hijos míos, por propia experiencia, para que os apartéis del odio y os apeguéis al amor del Señor.

 3 La justicia expulsa al odio y la humildad lo aniquila. El justo y el humilde se avergüenzan de cometer injusticia, no porque alguien lo acuse, sino por su propio corazón, porque el Señor custodia su mente.

4 No calumnia a nin­gún hombre, porque el temor del Señor vence al odio.

5 Por miedo a ofender a Dios, no desea en absoluto hacer injusticia

a ningún hombre, ni aun con el pensamiento.

6 De todo esto me di cuenta al final, después de arrepentirme de lo de José.

7 El verdadero arrepentimiento según Dios destruye la ignorancia,

pone en fuga las tinieblas, ilumina los ojos, proporciona conocimiento al alma y conduce la mente hacia la salvación,

8 pues lo que no aprende de los hombres lo conoce por el arrepentimien­to.

9 El Señor me atribuló con una dolencia hepática. Y poco habría fal­tado para que mi espíritu

se apartara de mí de no mediar las plegarias de Jacob, mi padre.

10 Pues en lo que el hombre peca, ahí recibe su castigo.
11 Como mi interior se comportaba sin piedad para con José, fui con­denado a sufrir sin piedad en mis entrañas durante once meses, el mismo tiempo que mantuve mi postura con José hasta que fue vendido.

Capítulo 6

 

1 Ahora, hijos míos, que cada uno ame a su hermano; arrancad,

el odio de vuestros corazones amándoos unos a otros con obras, palabras y pensamientos.

2 Porque yo, en presencia de mi padre, hablaba palabras de paz a José.

Pero, cuando salía, el espíritu del odio entenebrecía mi mente y turbaba

mi alma con el deseo de aniquilarlo.

3 Amaos, pues, de corazón unos a otros, y si alguno comete una falta contra ti, díselo con paz, apartando el veneno del odio sin mantener el engaño en tu alma. Y si tras confesar su culpa se arrepintiere, perdónale.

4 Si la niega, no entres con él en disputa,

no sea que se empecine entre juramentos y co­metas tú una doble falta.

5 [Durante una disputa no permitáis que un extraño escuche un secreto vuestro, para que no se haga vuestro enemigo por odio y cometa una gran falta contra ti. Porque muchas veces te hablará con engaño o se ocupará de tus cosas con mala intención, to­mando de ti mismo el veneno.]

6 Pero si lo niega y se avergüenza de sentirse reprobado, quédate tranquilo y no continúes arguyéndole, pues el que niega, da muestras

de arrepentimiento. No te ofenderá más,

sino que te honrará, te temerá y mantendrá la paz contigo.

7 Pero si es un desvergonzado y persiste en la maldad,

perdónale de corazón y deja a Dios la venganza.

Capítulo 7